Me gusta este viaje pero me quiero ir a casa

«¿En qué estabas pensando?»

Esa fue la pregunta que me hice luego de convivir con la Ciudad de México durante las primeras semanas de mi estancia. Resulta que hace aproximadamente cuatro o cinco años, deseaba con todas mis fuerzas venir a estudiar al Distrito Federal, pfff, cuánta ingenuidad y desconocimiento de mi persona.

No es que no me haya gustado la ciudad, pero no me gustó la ciudad (qué cosas, ¿no?). Son esta clase de paradojas las que me hacen tener que explicar el origen del por qué me gusta y no me gusta a la vez. Convivir en una jungla de edificios y diversidad de personas hace que el ambiente urbano me abrume. Me hace desear a la naturaleza, pero me lleva a una realidad inminente: un espacio del todo natural también me resultaría igual de abrumante, creo.

Y no todo es queja, la ciudad tiene mucho movimiento cultural y eso es uno de los aspectos que más disfruto de ella. Sólo digamos que me siento como la vegetación urbana que irrumpe entre el asfalto, que destruye la armonía de las banquetas ante un desesperado «ya váyanse todos». Pero al mismo tiempo me siento como un árbol decorativo y domesticado que se ve embellecido por la creatividad humana.

CDMX como estímulo creativo

Platicaba con una amiga que la Ciudad de México es un espacio que te estimula mucho de manera creativa. Pareciera que todo mundo está envuelto en algún proyecto cultural y eso está chido. El hecho de que haya gente moviéndose hace que también te den ganas de moverte o por lo menos así lo siento. La misma población padece la ciudad, siente un efecto que actúa sobre ellos. La urbe te encamina y estipula un ritmo de vida determinado o adquisición de comportamientos inconscientes. Es como querer pararte en los pasillos del metro durante las horas pico, porque alguien a fuerza pasará y te empujará, y estoy seguro que de empujoncito en empujoncito puedes llegar a tu destino. Si te avientas un clavado a las calles de la ciudad, nadas porque nadas.

Entonces como inspiración, está muy padre. Sinceramente no me gustaría vivir aquí, pero presiento que aunque no me guste, la Ciudad de México, seguirá siendo mi destino para otros viajes más. No hay manera de sacarle la vuelta, más aún cuando hay una fuerte concentración cultural en ella.

El eterno retorno

Estoy listo para regresar a Hermosillo, mi segunda casa. Regreso con una nueva visión, con nuevas historias, rostros que se quedarán tatuados en mi memoria, con las situaciones placenteras y vergonzosas, la gente, la comida, los lugares… en esta ocasión este ha sido un viaje amante, de culpa y silencios acompañados de pequeñas risas pícaras. Me quiero ir a casa para ver qué tanto me llevo, para recordar a la ciudad desde mis experiencias. Tal vez así, aprenda a quererla un poco más.

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PD: Mi prima dice que a ella le gusta mucho la ciudad porque es como un espacio grande con muchas mini-ciudades insertas en un solo punto. Tiene razón…

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¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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Photo: Rafael Guajardo (Pexels)

Un desayuno con Adán

Se recarga sobre el estante de la cocina, organiza su playlist en su celular. No trae playera y usa un pantalón de cuadros, lo típico en pijamas. No conozco ninguna de las canciones que pone, tampoco lo conozco a él. Una brecha de dos tal vez tres años nos divide, pero más que nada: tenemos ideales que parecen ser discrepantes. Sus besos saben a jugo natural de naranja en donde a veces se escapa una semilla del fruto, donde a veces la pulpa explota y realza el sabor. Su piel es jovial pero no uniforme. Sus brazos son prados de centeno, sus manos son rocas suaves de mar, sus labios tienen la textura de un mango maduro, sus ojos son tazas de té vacías. Sus movimientos contenidos recuerdan al sorbo de un café hirviendo, su torso es caliente como un comal listo para ser utilizado. Su cuello es tibio como unos hot cakes que han estado veinte minutos sin ser devorados, su espalda es una constelación de especias sobre un platillo y sus piernas son frías como la última tortilla que nadie comió.

Me ve como extranjero. Es atento como lo sería cualquier anfitrión cálido pero es un ave que luego de obtener el alimento del suelo, levanta el vuelo para más tarde regresar a descansar o a comer una vez más.

Coloca mi plato en la mesa y su atención la tiene su celular. A penas y hablamos. Me habla por medio de canciones, me dice cosas que prefiero ignorar. Quiero romper el silencio, quiero que me pregunte si deseo poner una canción para tener una conversación entre palabras que dicen otras personas. Me siento cómodo y eso me incomoda.

Todo eso lo pienso mientras mi mirada ubica un punto fijo y me quedo en trance. Él me saca y me pregunta que si qué pasa. Yo le digo que nada y sigo intentando descifrarlo, descifrarme y descrifrarnos.

Así es un desayuno con Adán.

Notas de un viaje en autobús

Recuerdo que los viajes en autobús eran travesías muy extrañas para mí. Ahora vivo esa extrañeza de una manera diferente. Cuando subí al camión unos niños no tardaron en iniciar una cálida plática preguntándome hacia dónde me dirigía. Nos dirigimos al mismo lugar. Entonces los declaré mi punto de referencia al momento de ver cuál era mi camión. Viajo en una línea de autobuses barata y no puedo evitar notar algunas similitudes entre las centrales. Son semejanzas que hasta cierto punto, hablan mucho acerca de nuestra cultura mexicana. Los altares a la virgen de Guadalupe que hay en cada punto es uno de ellos. Me llamó la atención que por un momento, los foquitos que adornaban un ode esos altares se habían apagado. Resulta que una persona desconectó los foquitos para poder conectar su celular.

Lo otro fue la máquina que cobra para hacer uso de los baños que hay en la central. Uno debe estar bien “abusado”, bien “trucha” (expresiones que hacen referencia a estar atento) al sonido que hace la máquina para queal sonar entres “en chinga” (rapidísimo). Cuando ingresé la primera moneda de cinco pesos, me la devolvió, la segunda vez que metí la moneda sí la aceptó pero yo chequé si no la había devuelto de nuevo. En esa checada me di cuenta que no había sido lo suficientemente rápido ya que la máquina no giró y no pude pasar. Tuve que darle otra moneda, sólo que esta vez ya le había entendido al juego y pude pasar. Las interpretaciones prefiero dejarlas al aire.

Gracias por leer 🙂