Kandinsky y las formas

Fragmento del texto: Pintura contemporánea de Julián Gallego

En sus obras, Kandinsky distinguía entre impresiones (formas provocadas por la visión del exterior), improvisaciones (formas en que expresa sus emociones internas) y composiciones (obras definitivas, resultado de estudios y razonamientos). Su intención es siempre espiritualista: “Cada forma tiene un contenido interno. La forma es la manifestación externa de ese contenido…” “Es, pues, evidente que la armonía de las formas debe reposar en el principio del contacto eficaz del alma humana” o “principio de la necesidad interior”. Los colores tienen, para Kandinsky, un contenido: el amarillo es color terrestre; el azul, celeste. Los tonos serán calientes o fríos según tiendan hacia el amarillo o hacia el azul. Los tonos cálidos se acercan al espectador, los fríos se alejan. El blanco es como el símbolo de un mundo elevado y silencioso, una “nada” llena de posibilidades; el negro es como el silencio después de la muerte, una “nada” sin futuro. El rojo, “color sin límites esencialmente cálido, actúa interiormente como un color desbordante de vida ardiente y agitada”, etc. Como las formas son asimismo elocuentes, Kandinsky trata de dar con sus abstracciones la expresión de un sentimiento depurado.

“Balanceo” (1925) de Wassily Kandinsky

Pintura contemporánea

Introducción

Oscar Wilde tenía más razón de lo que él mismo creía tener al escribir que “la Naturaleza imita al Arte”. Lo que viene a significar que, sin la ayuda del Arte la Naturaleza es indescifrable.

Pintores que hoy nos parecen realistas, como el Greco o Velázquez, pasaron en su tiempo por excéntricos de vanguardia, el uno con sus “crueles borrones”, el otro con sus “manchas distantes”: muchos de sus contemporáneos no sabían ver en sus cuadros la verdad cotidiana.

Hasta cierto punto, tienen razón quienes aseguran que la invención de la fotografía trajo consigo la liberación de la pintura de sus fines imitativos; no la tienen a partir del punto en que declaran qué es invento supuso la muerte de la pintura figurativa.

La fotografía supuso la muerte de la mala pintura, de aquella que no basaba su valor en los valores plásticos del propio cuadro (color, composición, textura, grafismo, pasta), sino en su aspecto documental.

“El arte vuelve a ser creación lírica y poética” – Luis Fernández

Y hasta el siglo XIX muchos pintores de segundo orden, e incluso algunos de primero, presentarán como garantía de su arte el haber sido alumnos de otro pintor famoso. El Romanticismo creará el mito del artista incomprendido, el genio maldito de la sociedad filistea. La postura de la pintura moderna será de rebeldía frente a la pintura anterior. En lo personal, cada artista renegará de sus maestros o tratará de hacer lo contrario que ellos, incluso cuando los venere; éste es el caso de los discípulos del refinado pintor simbolista Gustave Moreau: Matisse, Marquet, Camoin, Rouoalt… Si es malo decir a un artista que su cuadro se confunde con la realidad, aún es peor comentar que se confunde con los de su maestro. Nadie reconoce maestros; y, sin embargo, ¿Cuántos pintores actuales están libres de la influencia de Picasso o de Wols, de Vasarely o de Bacon? Ni aún se percatan de ello: recuerdo la sorpresa de un buen pintor actual a quién dice que su pintura me recordaba a Schlemmer; tras un momento de reflexión, me dijo que era cierto, pero que nunca se le había ocurrido. Es que recibimos por ósmosis tal cantidad de informaciones, de formas, de colores o de técnicas, que luego podemos crear las propias de nuestra mente.