El racista que llevamos dentro

Hoy, durante un descanso de la caminata matutina que a veces hago con mi hermana, veo que mi feed de Instagram está lleno de recuadros negros con el hashtag #BlackLivesMatter o #BlackOutTuesday. El Gay Times escribe al respecto:

Blackout Tuesday es una iniciativa que empezó en la industria de la música para poder darle a sus empleados el día para desconectarse del trabajo y conectarse con sus comunidades a raíz del asesinato de George Floyd.

Así como muchos movimientos de las redes sociales, la simple llamada de acción a compartir un cuadro negro en sus páginas como una marca de solidaridad ha crecido tan rápido que pocas personas entienden el origen de la campaña y sus intenciones. Para hacer las cosas aún peor, la gente que ha publicado su cuadro negro con el hashtag «Black Lives Matter» lo han saturado, borrando así los recursos esenciales, arte y las voces que están siendo compartidas con el hashtag. Si estás formando parte de esto, por favor evita usar ese hashtag y usa el «Black out Tuesday» en su lugar.

-Gay Times

Las circunstancias como estas siempre me orillan a una pausa y a reflexionar sobre qué puedo hacer, cómo le hago y por dónde empiezo. Ha habido ya muchas vías para ayudar, desde donar monetariamente, hasta ver un vídeo de Youtube monetizado que redirige los ingresos a fundaciones y organismos que apoyan a Black Lives Matter. Si bien todas las opciones que se nos están poniendo sobre la mesa son válidos, hay una acción en particular que me llama la atención: educarnos e investigar.

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¡Ay, qué indio soy!

Esa frase de encabezado hace tiempo salía de mi boca para expresar lo torpe que había sido al hacer algo ¿el problema? Fácil: es una expresión racista. No solo eso, también he escuchado de parte de amigxs o familiares y hasta yo mismo lo he dicho: «Ay, estoy todo negro de lo quemado». El tono a veces sugiere que tener la piel oscura es algo malo. Día a día, las frases racistas son muy comunes, a niveles que se han llegado a normalizar. Les contaré algo de lo que me apena mucho admitir, pero que creo que es pertinente.

Cuando yo asistía a mis primeros años de primaria en EEUU. Lo primero que me ayudaron a hacer fue identificar a los otros niños que venían de una familia hispana: Nayely, Leonel y Stephany. Eramos cuatro en total. Realmente esto no es muy relevante, pero recuerdo las primeras reuniones de padres de familia en donde mi mamá debía presentarse. Era solo ella porque mi papá nos había dejado. Claramente mi familia resultaba diferente por ser madre soltera y mexicana (en ese entonces, no sabía que era algo común). Hasta hoy no me explico por qué me daba pena que fuera a las reuniones. Lo único que puedo pensar es que me incomodaba ser diferente. Cuando regreso a México, la dinámica en el aula era distinta: las clases eran más ruidosas, los alumnos corrían y los maestros se la llevaban gritando. Estando aquí, de nuevo era el diferente y fue un proceso el aprender a adaptarme. A lo que voy es que en muchas ocasiones no sabía por qué siendo tan pequeño, el pensar que mi mamá fuera vista por mis compañerxs resultara ser algo que me quitaba el sueño. Más adelante le pondría nombre a esas sensaciones: discriminación y racismo.

Resulta que si no recibimos la guía correcta, ese orgullo que en origen tiene motivos de empoderamiento y de una búsqueda de identidad, se torna en egoísmo y apatía.

¿Pero alguien me enseñó a pensar de ese modo? Es ahí donde me doy cuenta que el racismo va más allá de un discurso de odio o de un chiste de mal gusto. El racismo es todo un sistema del que formamos parte. Hoy en día me encanta decirle a la gente que mi mamá es de Oaxaca y mi papá de Chiapas. Pero eso fue luego de saber de dónde venía y conocer un poco de la historia familiar. Me doy cuenta que existe un proceso de aprendizaje en sentirnos orgullosos ¿pero qué ocurre después? Resulta que si no recibimos la guía correcta, ese orgullo que en origen tiene motivos de empoderamiento y de una búsqueda de identidad, se torna en egoísmo y apatía. Es por eso que no solamente es importante conocernos a nosotrxs mismxs, sino también conocer, reconocer y respetar al otro.

Durante nuestra etapa infantil no podemos elegir nuestro círculo familiar. Como niñxs que somos, empezamos a mimetizar las acciones de los adultos, sus modos de caminar, de hablar y expresarse. En muchas ocasiones crecemos en un entorno que discrimina, homofóbica, machista y racista. Tal vez no tengamos mucho control sobre esa etapa, pero afortunadamente, transitamos luego por una etapa de elecciones que con suerte, nos permitirá desarrollar un criterio propio para así lograr cuestionar nuestra supuesta normalidad. Este proceso a veces, ojo, a veces va muy de la mano con la educación. Aunque no siempre es así, en mi caso personal, la universidad fue un centro de reaprendizaje, un lugar donde tuve que reconstruir mucho de lo que creía ser yo. Durante mi estancia en la universidad, me di cuenta de mi machismo, de mi homofobia y del racismo que llevaba cargando. Muchas de esas acciones o expresiones ni siquiera las veía como malas, pero fue el acercarme a las marchas, a las charlas, a los libros, a la gente y a la investigación, lo que me hizo darme cuenta de lo que debía cambiar.

Siempre hay una opción

Así es, podemos elegir no ser racistas, pero eso no es suficiente. Necesitamos evaluar nuestras conductas y reconocer que somos parte del problema, que como he leído en internet

No basta con «no ser racista», debemos ser anti-racistas.

Y es cierto, ¿cuáles son las expresiones que usan nuestrxs amigxs y nuestra familia? Aprovechemos estos momentos críticos para hablar sobre racismo y para ver qué podemos hacer desde donde estamos. Si no sabemos de feminismo, hay que acercarnos a nuestras amigas que asisten a las marchas. Si no sabemos sobre el cambio climático, busquemos información. El no hacer nada y el comportarnos de manera indiferente ante estas situaciones que aquejan a nuestra sociedad, nos vuelve parte del problema. En mi caso, se de racismo e historia queer, pero se que es un conocimiento superficial. Entiendo que debo leer más al respecto y eso hago.

Todos estos movimientos tienen años de historia y es necesario acercarnos a saber sobre ellas. Necesitamos partir del hecho de que al formar parte de un sistema racista, machista, homofóbico, etcétera, habrá una repercusión en nosotrxs, pero que eso no significa que debamos seguir los parámetros de esa supuesta «normalidad» que nos venden. Porque ya no estamos en momentos de mimetizar lo que nos dicen ser «solo un chiste» «un decir» o un «es normal», estamos para cuestionar, reformular y accionar.

Pero para que no nos pase lo que le está pasando a cientos de celebridades que supuestamente apoyan la causa y surgen evidencias contrarias, es necesario partir desde la sinceridad. Debemos buscar un mejor futuro y para ello debemos quitarle la máscara de «Es que es así/Es normal» a las cosas, ver el problema a la cara, ver al racista (homofóbico y machista) que llevamos dentro y educarle.

Así que aprovechemos este tiempo para cuestionar, dialogar, investigar y crecer.


«Not to be reproduced», René Magritte, 1937

Piénsalo, luego piénsalo de nuevo pero desde otro punto

Este primero de junio marca la llegada del mes del orgullo 2020, acompañado de muchos acontecimientos sociales. De momento no me interesa nadar en motivos específicos de cada uno de estos movimientos, sino escribir acerca del pensamiento crítico, la solidaridad y por el aspecto general que nos toca a los que a veces no formamos parte de las comunidades o minorías que luchan por justicia. Es importante saber que aún así tenemos un papel muy importante a pesar de que pareciera que estamos lejos del epicentro del problema. La realidad es que por más «ajeno» que alguien podría considerarse a las protestas en EEUU, a las marchas feministas, a las marchas de la comunidad LGBTTIQ+ y a las protestas contra las empresas y países, a favor del cuidado del medio ambiente; todos y cada uno de estos acontecimientos nos incumbe como sociedad.

Nuestra supuesta normalidad no está bien, los incógnitos de la actual pandemia, celebridades y políticos que se ven envueltos en redes de tráfico de menores; feminicidios día a día y actos de injusticia por todas partes. Los grupos de poder se creen intocables y las protestas y marchas son una manera de exigir nuestros derechos: la libertad de elegir por nuestro bien estar, por nuestra seguridad e integridad, por nuestra identidad, por la protección y justicia de nuestras comunidades. Todas estas problemáticas podrían resultar abrumantes, pero no nos podemos quedar sin hacer nada. Les comparto la traducción de un post que encontré en Instagram acerca de esto:

«Si no estás segurx de cómo responder, escucha. Si no estás segurx de qué leer, investiga. Si no estás segurx de qué hacer, dona. El «no estar segurx» se convierte en un «no es mi problema». No es suficiente el «no estar segurx» cuando el racismo sigue arrebatando vidas«

En el texto se hace un énfasis sobre el racismo, pero me parece algo que se puede aplicar a cada uno de los movimientos sociales que comenté anteriormente. Empecemos a hacer preguntas ¿por qué desean el aborto libre y seguro? ¿por qué deben marchar vestidxs de mujeres/hombres? ¿por qué queman y destruyen? Debemos contestar esas preguntas con base al diálogo y la investigación, conocer al «otro». Tal vez no lo apoyes porque difieres de esas ideologías, pero podrías entender y ver el origen del por qué luchan. Luego, habríamos de preguntarnos ¿por qué no? ¿Por qué no quemarlo todo? Cuando actos de injusticia y asesinatos ocurren día a día y nadie hace nada ¿Por qué no vestirme de mujer/hombre durante una marcha que me cobija y reconoce mi identidad? Cuando todos los días la comunidad trans es víctima de burlas y violencia.

Sólo acercándonos a los problemas del otro, nos podríamos dar cuenta que también puede que sea nuestro problema.

#BlackLivesMatter

Desprendernos de nuestras opiniones no debería ser un acto doloroso, al contrario, enriquecernos ante la diversidad nos brinda la oportunidad de ser más solidarios. Tenía un maestro que nos decía que si leíamos algo y no salíamos con una nueva perspectiva hacia las cosas, no nos habríamos dejado afectar por el texto, y que eso no servía de nada. Tener una mentalidad cerrada, antes, durante y después de estos movimientos sociales, nos podría convertir a nosotros en parte del problema.

Sólo el diálogo y nuestra constante formación nos puede convertir en mejores ciudadanos, en mejores personas. Sí, piensa, analiza, critica y dialoga, pero luego date la oportunidad de hacer lo mismo desde el punto de vista del otro. Sólo acercándonos a los problemas del otro, nos podríamos dar cuenta que también puede que sea nuestro problema. Tal vez no sea fácil, pero vale muchísimo la pena intentarlo y en tiempos tan críticos como estos, es necesario hacerlo.


«El pensador», Auguste Rodin, 1880 (Art Nouveau)

Las posibilidades de una prenda, más allá de la deconstrucción



Hace un par de meses, desde que me topé con el término gender fluid, me puse a investigar un poco más acerca de lo que es el género fluido. A continuación muestro algunos testimonios que tomé de infobae y la definición que aparece en Wikipedia.

Mariángel Magaquian, 29 años, define el término de género fluido como


«el género fluido es poder pasar de ser hombre a mujer y de mujer a hombre. Es poder fluctuar en ambos espacios» .

En el artículo se habla acerca de Sasa Testa:


[…]autor de la primera autobiografía de una persona de género fluido, Soy Sabrina, Soy Santiago. Género fluido y nuevas identidades,  sostiene que una persona con esa identificación «es alguien cuya identidad autopercibida no se ajusta únicamente al universo femenino o al masculino, sino que atraviesa varias vivencias personales de género».


Se entiende que un individuo es de género fluido cuando no se identifica con una sola identidad de género, sino que circula entre varias. Comúnmente se manifiesta como transición entre masculino y femenino o como neutralidad, sin embargo puede comprender otros géneros, e incluso puede que se identifique con más de un género a la vez- Wikipedia

Ante esto, reflexioné acerca de las cargas semánticas e ideas que se ven resguardadas en las prendas, ya que vestir del género opuesto es común en las personas de género fluido. Al estar interesado por los temas de género, ser bisexual y mi interés en tópicos que involucren la dualidad, decidí acercarme un poco y a mi modo, a lo que es el género fluido.

¡Sorpresa! No eres gender fluid, sólo eres un posible activista

Me resultaba muy emocionante el término «fluido», porque me remite a algo inasible Al leer un poco más a fondo, noté que mi intento de usar falda iba más allá de lo explorativo. Cuando le pedí a mi madre que me regalara un par de faldas, ella se rehusó, hasta que le expliqué el por qué. Le dije que realmente lo que a mí interesa es provocar, que se pongan los temas y la realidad sobre la mesa. Vivo en el norte de México, un espacio donde el machismo suele ser el pan de cada día, incluidos en miradas, chiflidos y comentarios innecesarios que mis amigas y compañeras me han narrado. Yo podría salir en la calle durante la madrugada, puedo andar en mi bicicleta a altas horas de la noche y estoy más que seguro que tal vez nunca llegue a sentir lo que siente una mujer en esas circunstancias. Cuando digo «las posibilidades» de una prenda, me refiero a las implicaciones y repercusiones que una prende puede ocasionar en alguien. Porque si algo tuve claro desde el inicio, es que no lo quería espectaculizar, no quería que fuera un show, sólo la trataría como una prenda más. Es aquí donde me doy cuenta que no encajo en lo de género fluido o por lo menos, no ahora. Seguí moviéndome, comportándome como siempre, sin explorar más allá de la vivencia femenina. La playera con la que complementé la falda de «BLAME SOCIETY», esperaba que fuera una declaración explícita. Sin embargo, que no explore mi lado femenino en mi vida cotidiana, no significa que nunca lo haga, ya que la danza es un espacio en donde más he explorado ese lado. Digo exploración porque a veces cuando interpreto algo, las cosas se quedan en proyectar a cierta mujer a través de mí, pero sin apropiarme de ella, aunque a veces sí llego a buscar ese espacio intimo femenino a consciencia. De hecho, la falda hizo que surgiera en mí la curiosidad de cómo sería bailar con una puesta.

La falda en escena

Era de esperarse que notara lo bonito que se ve una falda mientras el aire la hace moverse, luego de caminar por la calle en días con ventosos. Sentía que la falda bailaba mientras yo caminaba y me puse a pensar acerca de cómo sería bailar junto a ella. Sólo era cuestión de semanas, ya que en unas horas me presento en un pequeño bazar en donde unas compañeras me invitaron para presentarme. Estoy nervioso porque no suelo ensayar el baile como tal, porque me suelo enfocar en los cambios de vestuario (si es que hay) y en hacer la mezcla musical. Me parece que este pequeño descubrimiento es sólo una de las múltiples percepciones de la prenda. Es curioso que dije no espectaculizar la falda y que luego la vaya usar en una presentación de danza, pero esta es una posibilidad que de no estar tan sumergido en lo escénico, no habría surgido.

La falda y el mito de la abuela

«Esa la mandó hacer tu abuela. Ella le ponía bolsillos a las faldas» Es una falda color caqui, muy bonita y con un bolsillo grande a un lado. Cuando me puse la falda negra de mi mamá, la que no tenía bolsillo, me di cuenta de que no había considerado los modos de ir al baño, los cuales son iguales (?), orinar parado y deslizar la falda hacia abajo (si tiene elástico) o subirla. Fue ahí donde reconocí lo mucho que uso los bolsillos y lo poco práctico que puede llegar a ser la ropa de mujer.

Hubo algo que pasó por mi mente, pensé en mi abuela y el mito que había detrás de ella. La mujer fuerte, la que cortaba leña aún a su avanzada edad, la señora Ramona, la mujer tosca y dura con sus hijos. Pensé en su fortaleza, en su virilidad y feminidad, pensé en el abuelo, en lo bueno que era para bailar. Pensé en que tal vez mi abuela era tan fuerte que por eso se separó de mi abuelo. Pensé que lo bailador no venía de mi abuela, sino del abuelo, del Mares. Reflexioné acerca de mi madre, al lavar los platos con la falda puesta y que por tantos años, a las mujeres se les construyera el cuenta de que ellas pertenecían en las cocinas, nada más.

Los comentarios

«Es como de esas cosas que usan para pelear…», le contesté que no, que sólo era una falda, ambos reímos. Al salir a la universidad, las miradas oscilaban entre la sorpresa, el desaprobación, la aprobación o simplemente ignorarlo o hacer como si nada. Las generaciones que no podían evitar juzgar, eran las de los extremos, los niños pequeños y las personas mayores. Toda la generación intermedia parecía no asombrada. Caí en cuenta que la universidad es un espacio «seguro» (con seguro me refiero a una menor probabilidad a ser juzgado), así como lo es el día (no he intentado usar la falda por las noches, espero hacerlo pronto, porque se que ha de ser diferente que usarla de día). Por eso quise probar las calles y las cosas no iban más allá de una rica diversidad de miradas.

Entre los comentarios estaba el «¿Qué traes abajo?», la primera vez me llevé un short. Una amiga me dijo que así no valía, ya que no era lo mismo. Así que a la próxima fui en ropa interior y sí, la verdad sí te sientes más expuesto. Esto tal vez se deba a que nunca había usado una falda, o por lo menos nada más allá de amarrarme una toalla en la cintura. Luego vinieron otras cosas como «¿Usarás vestido despues?» «Eso como sea, el verdadero reto es la minifalda». Respecto a lo primero, tal vez sí use un vestido, siempre y cuando me agrade y sienta cómodo en ella respecto al color y diseño. Entre las faldas que mi mamá me proponía, había una falda rosa, pensé en traerla pero no lo hice porque pensé que obligarme a mí mismo a usar una falda que de principio no me agradaba, iría un poco en contra de lo que deseada exponer (la búsqueda de un yo a través de lo que suele ser exclusivo para el otro). Es decir, elegí las faldas con colores y diseños de ropa que me gustaban a mí y con las que me identificara con ellas de alguna forma.

Más allá de la deconstrucción

«Es un largo proceso», algo así me dijo un compañero de la universidad que en ocasiones usa ropa «femenina» y asiste a fiestas de drags y cosas por el estilo. Pero no era un comentario amistoso de «me alegra», o por lo menos no lo sentí así. Era más como un «pff, eso no es nada», pero pensé » y eso qué importa», cada quien asimila un discurso a su modo, se apropia de él a su manera. Mi manera de hacerlo es explorativo y reflexivo, podría decir que hasta ingenuo. No pude evitar reírme como pequeñuelo al ponerme la falda frente a mi madre, verme al espejo y pensar que todos los niños deben tener esa oportunidad. Una prenda es sólo eso. Una prenda no puede cambiar tu orientación sexual o el género con el que te identifiques. Más que desconstruirme, busco analizarme, conocerme mejor, ver cómo soy y en qué puedo cambiar sin rechazar lo que fui, ya que eso me sirve para contrastar el antes y después. Hago esto para dialogar acerca de la discriminación hacia la comunidad lgbt, para hablar acerca de los feminicidios, el acoso, el machismo y de mis propios errores y aciertos.

El futuro

Ojalá que en el futuro, mi sobrines no tengan que agobiarse tanto al asumir su identidad, que la ropa no sea exclusiva de un género en particular y que salga una línea de ropa neutra o que la gente se anime explorar ropa de segunda mano o simplemente que manden a hacer algo que los haga ser ellos. Porque la búsqueda de una individualidad puede que sea banal, pero si de algo estoy seguro, así como el lenguaje inclusivo, me parece necesario y pertinente.

La risa nerviosa, la risa pícara, la risa que debe ser permitida porque aunque nunca lleguemos a usar aretes de dimensiones tan grandes, es bonito ponerse en la falda de los demás.


¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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