«mientras lo bueno llega» [Microrrelato]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.


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Una vez que conoces tu lugar en el mundo, todo empieza a fluir. Algo así como saber que serás sacrificado en una cruz y que serás salvador de almas. Cuando lo asimilas, todo se vuelve predecible y ya nada te toma por sorpresa, o al menos eso pensaba. Saber amar es bonito, dejar de hacerlo también, uno me arranca sonrisas nerviosas y el otro traza lágrimas sobre mis mejillas.

He visitado varias habitaciones, cuartos, algunos muy bonitos con luces de colores y muebles increíbles. Había ocasiones en las que el espacio no era bello, pero nada de eso importaba, no mientras la cama estuviera cómoda. Porque hasta las camas conocen su propósito en este mundo.

Yo aprendí mi lugar desde hace algún tiempo. Yo soy el desahogo, el mientras lo bueno llega, el deseo cumplido o las ganas satisfechas. Al principio era el coraje de no tener a alguien a mi lado, detestar esta presunta incapacidad de amar. Ahora es escuchar las anécdotas que caen como copos de nieve sobre las sábanas blancas, cuando llegan a ser de ese color. Es generar en unas horas lo que a muchos les toma años, en unos días lo que otros invierten toda una vida. Es una carrera en el tiempo por rayar las hojas blancas del otro, sólo para asegurarme que aun tenía tinta para escribir cartas de amor.

Había acariciado cabelleras largas, cortas y medianas… piel lisa y tosca… voces graves y agudas… había arremetido contra cuerpos que cedían y otros que fueron buenos contendientes. Todas estas personas se llevaban algo mío, un secreto o una máscara.

Una vez clavadas las uñas podía colgar los cuadros y los círculos amorosos. Todo era una danza que se extendía hasta el cansancio. Pero te aseguro que no me la pasaba mal, no en el momento… en el momento nunca te la pasas mal. Es hasta que las botellas están vacías, cuando todo ha sido quemado y el confeti pierde su color; es ahí cuando ansío un mudo abrazo, ahí es cuando pongo en duda mis victorias.

Y tal vez se oiga loco pero suelo tener un buen instinto con las personas, y se que andas por ahí viviendo las mismas cosas que yo, lo puedo ver en tus ojos. Veo que sabes de lo que estoy hablando, y si no me has callado es porque la locura es algo que necesitas también. Y de no estar tan cansado, me hincaría… ahí están, las risas nerviosas, pensé que nunca las oiría salir de mí, no a esta edad. Creí que ya no sentiría esto de nuevo… ¿te casarías conmigo?

Ahí van las lágrimas, ¿ves por qué es tan placentero el querer?


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«el cliché» [Sobre gritos y silencios]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en «Sobre gritos y silencios» y Sweek.

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El cliché

—¿Te gustó?

Su brazo te envuelve, sabes que hace frío pero sólo lo ignoras, su voz absorbe tu atención.

—Ese silencio me dice que no…

—No, no, sí me gustó, creo. Bueno, no es cierto, sabes ¿has notado el cliché trágico de las historias gay que hemos estado viendo?

—Hmmm, más o menos…

—¿Y qué opinas?

—Que son tristes, ¿por?

—Bueno, eso ya lo sé. Me refiero a qué opinas de la tragedia, ¿crees que estamos predestinados a eso?

—Para nada. Yo no me siento así.

Se acerca y te besa, se besan, te observa, nota que no hubo satisfacción ante su respuesta y continúa.

—Pues mira, te seré honesto. Yo no creo que todo termine en rupturas dramáticas, en represión o violencia ¡Sólo míranos!

—Tienes razón…

—¿No quieres ir a la recámara?

—¿Y si vemos otra peli?

—Ya me mandaron mensaje y debo regresar a casa en un momento.

La ironía, lo inútil que es reprochar y eventualmente tener que aceptar.

—Entiendo, pero hoy prefiero ver películas.

Contracción inconsciente en su expresión, también ha notado la ironía y eventualmente acepta.

—De acuerdo, pero me tendré que ir en una media hora.

—Ya se—sonríes, te alegra poder haberlo hecho.





Los créditos finales, imposible ignorar el frío. El frío que siempre estuvo pero que va y viene.



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[Cuento] Caperucita noche

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─ ¡¿Quién te manda a andar de lambiscona?! Ser la favorita no tiene tantos beneficios, mija”

Bere estaba celosa, sabía bien que los beneficios son muchos. Carlota no me entregaba a cualquier hombre; constantemente recibo obsequios de su parte y hasta me involucraba en el proceso de selección de las chicas nuevas. Esa noche Carlota tenía una migraña horrible; pensó que había perdido el portafolio con los archivos de las niñas nuevas y de la preocupación, la cabeza le empezó a doler de manera incontrolable.

─Quiere que vayas tú. Ten─ me dijo Bere mientras me pasaba el portafolio─ tápate y vete con cuidado.

Por más celos que me tenga, por más molesta que esté conmigo, admito que Bere siempre se ha preocupado mucho por mí. Tomé mi chaqueta negra de piel, mínimo iría un poco abrigada en la parte de arriba porque el vestido corto que traía puesto no sería de ayuda. La casona no estaba tan lejos, entiendo que a Carlota se le haya hecho fácil pedir que le llevara los archivos. Deseaba poder camuflajearme con la noche, al fin y al cabo iba toda de negro. Luego noté mi pinche vestido lleno de lentejuelas brillantes que pedían a destellos que alguien llegara a violarme en la noche. Intente tranquilizarme y retomar la compostura. Venía pensando en los charcos por los que saltaba y en lo buena que soy para usar tacones, pensaba en las luces de los semáforos con gotas de pos lluvia en sus reflectores, pensaba en los ladridos y en los animales sin casa que dormían en las banquetas. Pensaba en casa cuando sentí como un auto empezaba a seguirme. El motor me gruñía, ese gruñido inigualable; era el pinche Sergio en su Lobo. Intenté acelerar el paso pero resultaron intentos vanos; Sergio me alcanzó y sin detener el auto continuó siguiendo el ritmo de mis pasos. Bajó el vidrio del auto.

─ ¿A dónde la llevas, lindura?

Qué hombre tan chocante. No sé por qué lo hice pero le explique sobre las fotos de las chicas nuevas que Carlota seleccionaría. Pensé que tal vez eso haría que me dejara en paz. No fue así.

─ ¡Si ya le dije a la pinche vieja esa que te quiero a ti chingados!─ me sonrió, desafortunadamente lo pendejo no le quitaba lo guapo─ ¿por qué se complica, eh?

Lo ignoré y eso no le gustaba, pero él insistía. En otro universo si el Sergio fuera menos lo que intenta creerse, tal vez sí me iría con él.

─ ¡Dianita, súbete, yo te llevo!─ Seguí ignorándolo. Así continuó por largo rato. Pensé que nunca se cansaría.

─ Pinche puta difícil ─ evite reaccionar ante el comentario─ a ver a qué hora llegas ¡Eres mía, Diana!

El sonido ensordecedor del motor de su lobo me hizo dar un pequeño salto y un grito ahogado. Vi como aceleró y daba vuelta hacia la calle de la casona. Tal vez iría a quejarse con Carlota.
Sergio siempre había tenido un interés por mí, pero lo corrompieron de la manera en la que solo el dinero sabe hacerlo. Dice que lo había hecho por mí. Si acaso llegue a sentir algo por él, ahora era imposible encontrar siquiera el interés en platicar con él.

Yo llegué a la casa y el alivio llegó a mí. Con las uñas que Carlota me mandó hacer, toque el altavoz y el timbre. Amaba la casa de Carlota.

─ Señora Carlota, soy Diana. Le traigo los papeles que me pidió.

─Adelante, Diana…─ Enseguida se escuchó cómo el seguro se quitaba de la puerta y se dejaba oír un zumbido. No pude evitar notar algo extraño en el tono de Carlota.

Cuando entré a la casa, todo parecía estar en orden. Llamé a Carlota pero no hubo respuesta. Luego oí a Carlota diciéndome que fuera a su habitación. La migraña de seguro la estaba matando. Lo bueno que ya le había traído lo que necesitaba; consideré quedarme para atenderla y ver en qué podía ser de ayuda. Caminé por el pasillo, algunos de los cuadros estaban en el suelo; los coloque de nuevo en su lugar. Escuché un zumbido. Llegué a la habitación y entré.

─Acércate, Diana. Acércate, por favor Diana… Acércate, Diana.

─Carlota ya no se preocupe, aquí le traigo lo que me pidió─ dije mientras colocaba el portafolio en una mesita de centro─ ¿cómo sigue?

Me había quedado parada, Carlota estaba recostada en esa gran cama. Sonreí y me acerqué.

─Acércate, Diana. Acércate, por favor Diana… Acércate, Diana.

─No se preocupe Carlota─ me senté en la cama─ sabe qué, le traeré un té.

Iba a hacerlo pero Carlota insistía en que me acercara. Caminé hacia la cabecera de la cama y la vi. De inmediato me quedé helada. Carlota seguía insistiendo que me acercara, pero sus labios no se movían. Comencé a temblar y de forma instintiva, descubrí su cuerpo. La cama estaba empapada de sangre y justo a un lado de ella había un celular reproduciendo una grabación que insistía que me acercara. Quería gritar pero no podía. Me arrodillé en la cama y empecé a llorar. Me estaba quitando la chaqueta pero me detuve de inmediato, sentí algo en la nuca. Sabía lo que era, no había sido la primera vez que me ponían un arma en la cabeza.

─No te la quites, la vas a necesitar─ era Sergio, pero su tono de voz era un tono que jamás había escuchado venir de él; Sergio lloraba─ perdón, Diana.

*******

─Así pasó, es lo que recuerdo. No, no quiero hablar de lo demás.

─Tenemos que escuchar su testimonio, señorita. Tenemos que saberlo todo.

─ ¡Si ya lo saben! ¡No veíamos películas, no hablábamos de amor, no hacíamos el amor! ¡El pendejo me violó no sé cuántas veces! ¡El hijo de su puta madre se lo merece!─ me jalo los cabellos y volteo a ver a todos; detengo la mirada en uno de los oficiales, nunca olvidaría su rostro─ Sólo me muero del puto coraje que no haya sido yo quien lo mató.

O. M.


Este ejercicio lo hice en clase de composición. El maestro hizo que exploráramos el cuento de Caperucita Roja, pensáramos en otro color y elaboráramos otra historia con base en ese color pero manteniendo la premisa original ¡Muchas gracias por leer!