Pez muerto o ballena

Muy dentro de mí hay algo que busca la selva, es algo que intenta echar raíces en suelo árido y se pudre en el intento.

Tal vez soy un pez quieto colgado en el aire, un gato que domesticado, una vaca pastoreada o un loro que come tortillas y se trepa a los árboles.

Pero no…

Yo soy ballena que canta y detiene el tiempo,

Pantera que hace de las sombras un hogar,

Toro que se lamenta con lo rojo de la sangre derramada,

Águila que toca los límites de los que todos hablan.

#10 Los conjuros en prosa

Los artistas eran los antiguos chamanes, y no recuerdo si eso me lo dijo un artista o un chamán ¿Conoces el mal de ojo? ¿Has pensado si existe algo opuesto a ello? Una mirada tan fuerte, que te vean con tal amor, que sana toda enfermedad y herida. Nací en la noche y por eso siempre busco el cobijo del silencio, la melodía de los grillos o el canto de los perros. Te conocí en agosto, te conjuré a principios de octubre y te sujeté a mediados de ese mismo mes. Cuando bebiste ese brebaje, fui torpe e impaciente al besarte al instante. Tropecé con mi hechizo, te besé y absorbí de tus labios la pócima. Fueron mi palabras, mis acentos y sonidos guturales los que barajeaban nuestra suerte. Me doy cuenta que no te he dedicado los poemas suficientes, ni te he tomado las suficientes fotos o videos. Todo está en mi cabeza, cuando sonríes, cuando paras los labios, cuando cierras los ojos, cuando me ves o cuando observas, la serenidad de tu rostro al usar tu teléfono… esta mañana te vi observando al vacío. Lo quise captar y no lo hice. Ni el mismo tarot me advirtió sobre esto. Cada que te vas y me encuentro solo otra vez, suelo pensar dos cosas: lo tranquilo que me resulta tu noche y el coraje de no habernos enredado en un conjuro o de embriagarnos entre hechizos. Por ahora, querido, no hay nada que temer. No te preguntes si soy bruja, hechicero, alquimista, poeta, bailarín o pintor… que al fin y al cabo, no hay diferencia.

Me desesperas

DESESPERACIÓN
1. Pérdida total de la esperanza.
2. Pérdida de la paciencia o de la tranquilidad de ánimo, causada generalmente por la consideración de un mal irreparable o por la impotencia de lograr éxito.


Estoy sentado, tranquilo, pero con los hombros tensos. Sonrío y canto, pero me desespera.

Me desespera terminar y sentir que las cosas siguen. Me desespera pensar que sigues caminando en mi mente, en mis pensamientos y en los momentos vacíos, mientras espero que se enfríe un poco el café o mientras espero que se levante la cuarentena. Pero sobre todo, me desespera tu voz, tu cara, tus gustos, tu forma de enojarte, tu sonrisa, tus problemas, tus éxitos, tus altibajos, tu familia, tu gata, tus tres perros, más los dos que acaban de llegar. Me desesperan tus gustos musicales, tus temas de conversación, la forma en la que hablas y de lo que hablas. Me desespera pensar en las historias de nuestro joven pasado y nuestro inexistente futuro. Me desespera tener que recordar el momento en el que doblé las predicciones para que encajaras. Me desespera que ni borrando tus fotos pueda sacarte. Me desespera que no haya borrado todas. Y entre la desesperación, odio las voces que me sugieren marcarte e ir hacia ti, de la misma manera que odio las voces que me dicen que fue para bien y que así estoy, estás y estaremos mejor. Me desespera pensar, me desespera que pienses que no te quise o que no te quiero. Porque me desespera saber y admitir que te extraño. Me desespera tener que pararme y encerrarme en el baño para que no me vieran llorar mientras escribía. Me desespera creer que estoy mejor cuando claramente quisiera que estuvieras aquí. Me desespera haber tenido ese sueño que tanto esperaba, justo ahora que ya no estás. Me desespera que mi hermana me muestre tus fotos, me desespera no tener la voluntad suficiente para rechazar su oferta de verte. Me desespera pensar que tal vez sí estás mejor así y pensar que no quisiera arruinarlo al mandarte un mensaje. Me desespera que al regresar a casa, tus fotografías estén ahí y que las plantas que me regalaste, hagan ese paralelismo performativo de que ellas también ya no están, no como antes.

Me desesperan tus lunares, tus pies, tus manos y la cara que pones al dormir. Me desespera tu forma de abrazar y la forma en la que pronuncias ciertas palabras. Me desespera que no admitas que roncas, que no haya funcionado el videojuego que llevaste aquella noche. Me desespera que te guste Lady Gaga, me desespera que digas que “todo va a estar bien” y la manera en la que me hacías creer en ti y en lo que teníamos. Me desespera que el arroz te quede pegajoso, que me digas “provecho” cuando ya tengo la comida en la boca. Me desespera que quieras ver vídeos mientras comemos, que te sepas los diálogos de Shrek y que siempre quieras ver películas tontas. Me desespera que le hayas dicho a tu familia sobre lo nuestro, me desespera habértelo pedido. Me desespera la idea de que quieras tener tantas mascotas, me desespera no saber cómo ayudarte, me desespera no saber cómo ayudarme. Me desespera tu copete que siempre cae perfectamente sobre tu rostro, me desespera que tengas asma, que seas alérgico al aguacate y al plátano. Me desespera que hayamos empezado The Walking Dead y no poder terminarla juntos. Me desespera que no te haya llamado la atención The Office. Me desesperan tus brazos largos, esos que me envolvían cuando lloraba luego de un reconciliamiento. Me desespera que creas que tus labios son el mejor atributo en tu rostro, cuando claramente son tus orejas pequeñas las que resultan enternecedoras. Me desespera tu impaciencia. Me desespera saber que muchas discusiones pudieron haberse evitado. Me desespera que uno de los mejores momentos que recuerdo contigo sean la vez que me ayudaste a acomodar mis horarios y cuando bajo la lluvia íbas por mi en tu carro y yo iba a donde estabas tú, en mi bici para evitarte la molestia. Recuerdo cuando reímos juntos una vez que entré al carro y me desespera.

Me desespera que no hayamos leído Call Me by Your Name juntos, que no me compartas tus celos, que tengas la razón y que me ganes jugando al Uno. Me desespera esa botella de tequila que terminé tirando. Me desesperan tus post its, tus “recuerda que te amo” cuando iba a una fiesta sin ti. Me desespera tu risa de cuando me veías molesto. Me desespera que creas que mis “te amo” fueron en vano…

En fin, son muchas las cosas que me desesperan… pero sobre todo, me desespera seguir pensándote, deseando solo haberte dicho lo mucho que te quiero y de lo mucho que me desespera seguir queriéndote.

Sólo me queda seguir respirando hasta que mis hombros se destensen.


“Portrait of an artist (Pool with Two Figures)”, David Hockney, 1972

“mientras lo bueno llega” [Microrrelato]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.


Photo by Sigrid Abalos on Pexels.com

Una vez que conoces tu lugar en el mundo, todo empieza a fluir. Algo así como saber que serás sacrificado en una cruz y que serás salvador de almas. Cuando lo asimilas, todo se vuelve predecible y ya nada te toma por sorpresa, o al menos eso pensaba. Saber amar es bonito, dejar de hacerlo también, uno me arranca sonrisas nerviosas y el otro traza lágrimas sobre mis mejillas.

He visitado varias habitaciones, cuartos, algunos muy bonitos con luces de colores y muebles increíbles. Había ocasiones en las que el espacio no era bello, pero nada de eso importaba, no mientras la cama estuviera cómoda. Porque hasta las camas conocen su propósito en este mundo.

Yo aprendí mi lugar desde hace algún tiempo. Yo soy el desahogo, el mientras lo bueno llega, el deseo cumplido o las ganas satisfechas. Al principio era el coraje de no tener a alguien a mi lado, detestar esta presunta incapacidad de amar. Ahora es escuchar las anécdotas que caen como copos de nieve sobre las sábanas blancas, cuando llegan a ser de ese color. Es generar en unas horas lo que a muchos les toma años, en unos días lo que otros invierten toda una vida. Es una carrera en el tiempo por rayar las hojas blancas del otro, sólo para asegurarme que aun tenía tinta para escribir cartas de amor.

Había acariciado cabelleras largas, cortas y medianas… piel lisa y tosca… voces graves y agudas… había arremetido contra cuerpos que cedían y otros que fueron buenos contendientes. Todas estas personas se llevaban algo mío, un secreto o una máscara.

Una vez clavadas las uñas podía colgar los cuadros y los círculos amorosos. Todo era una danza que se extendía hasta el cansancio. Pero te aseguro que no me la pasaba mal, no en el momento… en el momento nunca te la pasas mal. Es hasta que las botellas están vacías, cuando todo ha sido quemado y el confeti pierde su color; es ahí cuando ansío un mudo abrazo, ahí es cuando pongo en duda mis victorias.

Y tal vez se oiga loco pero suelo tener un buen instinto con las personas, y se que andas por ahí viviendo las mismas cosas que yo, lo puedo ver en tus ojos. Veo que sabes de lo que estoy hablando, y si no me has callado es porque la locura es algo que necesitas también. Y de no estar tan cansado, me hincaría… ahí están, las risas nerviosas, pensé que nunca las oiría salir de mí, no a esta edad. Creí que ya no sentiría esto de nuevo… ¿te casarías conmigo?

Ahí van las lágrimas, ¿ves por qué es tan placentero el querer?


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“el abdomen de cristo” [Cuento]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.


El abdomen de Cristo

Cuando Ignacio cumplió doce años pidió que le regalaran una Biblia.

— ¡Pero si hay tres aquí en la casa, hijo! ¡Pide otra cosa, anda! ¿Qué quieres?

Tal vez su padre quería que su hijo pidiera algo más común, algún obsequió más acorde a los niños de su edad. Prefería no ver esa extraña petición como una de esas “señales” de las que decía su compadre acerca de los niños jotos. «No, Ignacio no es joto… », pensó. Sonreía nervioso, parecía que el futuro de su hijo dependiera de esa respuesta, pero el pequeño no decía nada. 

— ¿Qué te parece si te traigo otra cosa? Es más, no te voy a decir qué es, para que sea una sorpresa, ¿va?— dijo con un tono que buscaba aprobación.

Ignacio asintió y sonrió, pensó que este gesto tranquilizaría a su papá. Y así fue, la sonrisa del pequeño hizo que los hombros del padre se relajaran y dejó de sentir que estaba obligando a su hijo a hacer algo que no quería. Luego de un breve intercambio de miradas, el niño dio la media vuelta y se dirigió al patio.

Ignacio sabía que lo que hubiera en esa caja, le serviría para cumplir el deseo que tenía en mente cuando apagó la llama de las doce velas de su pastel. Era una caja cuadrada de tamaño medio, desgarró el papel con una violencia descontrolada. Cuando al fin descubrió el regalo que le había hecho su padre, sólo le tomó un microsegundo construir la emoción.

—Te acompañaré los primeros días, y ya luego tú irás al campo para practicar solito.

Esa tarde recibió más de un balón, contando el de su padre, fueron siete pelotas obsequiadas: cuatro de futbol, dos de beisbol y una de basquetbol.

El primer mes fue todos los días al campo, al inicio lo acompañó su padre, luego empezó a ir con un compañero de su escuela. Hubo un par de ocasiones en donde Ignacio participó en partidos amistosos. Era inevitable ver el nato potencial del niño al jugar. Parecía disfrutar mucho del futbol, de hecho, en alguna ocasión recibió un elogio de parte de su padrino.

— ¡Si te viera tu mami, Ignacio! ¡Se sorprendería del buen artillero que te puedes convertir! Ve nomás como se lleva la pelota y se burla a todos, compadre— gritó entre risas mientras cabalgaba junto al papá de Ignacio y los demás rancheros.

Un par de meses más habían transcurrido e Ignacio aún recordaba el deseo de su cumpleaños, pero tenía miedo.

Había mucha oscuridad y hoy sí sería el día. Se sentía culpable y solo, las palabras resonaban con fuerza en su cabeza. Algo no lo dejaba en paz. Sentía un hormigueo en las manos, cosquillas debajo del ombligo y ganas de orinar a pesar de que acababa de ir al baño. Simplemente le era imposible dormir. El corazón le latía con fuerza, recordaba la misa de ese domingo. Reprimía ciertas imágenes, como siempre lo había hecho, porque sabía que estaba mal pensar en eso. Ante este remolino de inquietudes mentales y físicas, corrió al gabinete y sacó la Biblia, pensó que eso funcionaría.
Encendió su lámpara de noche y empezó a leer, pero Ignacio estaba interesado en una página particular. Mientras pasaba las páginas, leía de reojo los versículos de inagotable amor, de incomparable cólera y compasión, del padre y del hijo. Pensaba en el hombre con la corona de espinas, siguió pasando las páginas hasta que se detuvo: una ilustración a color de Jesús crucificado. Veía esa delgada complexión muscular, era extraño; veía caer la sangre, era hermoso. Endureció los labios y tragó saliva, era un pecado. 

Colocó el libro sobre su cama, se arrodilló en el suelo y juntó sus manos. Temblaba. Rezaba para sí mismo. Luego de un largo rato, en el hueco y silencio del pequeño cuarto se escuchaba un casi inaudible:

—Amén…

Abrió los ojos y separó las manos, una la colocó sobre la imagen de su salvador y la otra la dirigió sobre su pantalón en la extraña tensión que sentía en su miembro. Recorrió desde el clavo y la palma sangrienta izquierda, hacia el brazo, lento y más lento porque simultáneamente hacía movimientos sutiles sobre su pantalón. Cuando su mano pasó por el abdomen de Cristo sintió un golpe en el centro del cuerpo, un frío estremecimiento y volvió a tener miedo. Rapidamente cerró el libro y se refugió en las cobijas, sólo se escuchó la Biblia caer en el suelo y sus jadeos entrecortados.

Eso fue lo más cercano por consumar aquel deseo de cumpleaños.



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“el cliché” [Sobre gritos y silencios]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.

Photo by Oleg Magni on Pexels.com

El cliché

—¿Te gustó?

Su brazo te envuelve, sabes que hace frío pero sólo lo ignoras, su voz absorbe tu atención.

—Ese silencio me dice que no…

—No, no, sí me gustó, creo. Bueno, no es cierto, sabes ¿has notado el cliché trágico de las historias gay que hemos estado viendo?

—Hmmm, más o menos…

—¿Y qué opinas?

—Que son tristes, ¿por?

—Bueno, eso ya lo sé. Me refiero a qué opinas de la tragedia, ¿crees que estamos predestinados a eso?

—Para nada. Yo no me siento así.

Se acerca y te besa, se besan, te observa, nota que no hubo satisfacción ante su respuesta y continúa.

—Pues mira, te seré honesto. Yo no creo que todo termine en rupturas dramáticas, en represión o violencia ¡Sólo míranos!

—Tienes razón…

—¿No quieres ir a la recámara?

—¿Y si vemos otra peli?

—Ya me mandaron mensaje y debo regresar a casa en un momento.

La ironía, lo inútil que es reprochar y eventualmente tener que aceptar.

—Entiendo, pero hoy prefiero ver películas.

Contracción inconsciente en su expresión, también ha notado la ironía y eventualmente acepta.

—De acuerdo, pero me tendré que ir en una media hora.

—Ya se—sonríes, te alegra poder haberlo hecho.





Los créditos finales, imposible ignorar el frío. El frío que siempre estuvo pero que va y viene.



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Soy LGBT+, ¿dónde te lo anoto?

Hace algunas semanas me adherí a un taller de escritura creativa. Durante la segunda sesión, la instructora nos pidió que eligiéramos el género que trabajaríamos: cuento o novela. Yo me inclinaba al cuento por miedo a enfrentarme a la novela. Ella me sugirió que mejor me fuera directo a la novela, le hice caso Pero me llegué a preguntar ¿qué hay de las demás voces y personajes que quieren ser narrados? Así nace Sobre gritos y silencios, una compilación episódica de voces en relatos y cuentos independientes que tratan de temas de exploración sexual y sentimental.

Estos textos los estaré publicando en la categoría “Sobre gritos y silencios”. Pienso explorar personajes a que se encuentran a lo largo de las siglas LGBT+, pero haciendo un énfasis especial sobre la B, los bisexuales.

La plataforma alterna en la que estaré publicando es en Sweek, aunque la mayoría estarán por aquí en mi blog también. En caso de que decida dejar de repostearlos aquí, yo lo notificaré, pero por lo pronto, todo lo que aparezca en Sweek, aparecerá aquí también. De momento, los textos serán breves, rayando el microrrelato.

Cuando publique esta entrada, la primera historia ya habrá sido publicada. Ojalá me puedan seguir en mi Instagram todo bisexual y letroso, lleno de reggaeton, gifs, música y vídeos.


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