Literatura LGBT+: Los estigmas en un club de lectura

Como todos los miércoles, desde hace un mes, tomé el autobús a la escuela para llegar a las nueve de la mañana a la biblioteca de artes en mi universidad. Impartiría lo que vendría siendo la tercera sesión de mi club de lectura con temática LGBT+. La sesión de hoy fue peculiar, ya que a veces uno no viene preparado con pronunciar groserías a pesar de que al hablar fluyan naturalmente. El texto con el que nos enfrentamos hoy fue el cuento de Eduardo Antonio Parra “Nomás no me quiten lo poquito que traigo”, un texto crudo, en donde narra el momento en el que Estrella, una prostituta/un hombre trans, se enfrenta a unos policías y que a través de ese encuentro su sexualidad queda sujeta al reconocimiento, más allá de una operación, la identidad queda atada, en este caso, a la carnalidad y la lujuría como una supuesta forma de vivir la feminidad. Además de eso, hablamos acerca del género no-binario, y sobre el caso de Sam Smith al solicitar que se refieran a su persona con los pronombres they/them (los cuales se usan en el inglés para hacer referencia al género no-binario). Hablar de estos temas de sexualidad, identidad y género, me mueve mucho. A pesar de no ser experto en el área, gracias a este club, he podido acercarme a una variedad de artículos y textos queer. Pero lo que me interesa compartirles hoy, son otras cosas, no para problematizar o evidenciar, sino más bien para provocar la reflexión.

Este es el cartel que diseñé para mi club…

¿Quieres empezar un club de lectura?

Elvis (mi amiga, quien ahorita es becaria en la biblioteca que coordina los clubs de lectura) me preguntó eso y yo contesté con poco entusiasmo: “Estaría cool”. Sí, muy cool y todo ¿pero de qué lo haría? En verdad no tenía mucha idea de qué temática elegir. Estaba pensando cuando Elvis me ganó “Hazlo de literatura gays”, si no mal recuerdo, algo así dijo. Mi “¿sí?”, pasó a ser un “sí” y luego un “¡SEEEEE!”. No sabía que quería un club de literatura LGBT+, hasta que me lo propusieron. Al poco tiempo empecé a darme cuenta de la responsabilidad que eso implicaba.

Deseo poder hacer bien las cosas, poder moderar bien las charlas, elegir bien los textos, sacarle jugo a los poemas y cuentos que vemos. Ansío debatir, ṕrovocar y hacer pensar acerca de lo que se ha recorrido, reconocer en dónde estamos y lo que falta por recorrer en el camino de la diversidad. Curiosamente, no tardaría tanto en darme cuenta que nos falta un buen tramo por andar.

Llevemos este club de lectura a la Biblioteca de Bellas Artes porque allá son más “abiertos”

Eso se había comentado. Mi club de lectura era el único que no se impartía en el espacio en donde se daban los demás porque imagínate “¿qué iba a pensar la gente? ¿tanta labor echada a la basura?”. Como les digo, esto no se trata de buscar quién lo dijo, sino ver lo que se está diciendo, porque no es solamente una persona la que piensa así, son muchas. No me quiero ni imaginar la cara que hubiera puesto la persona que me reubico, si hubiera escuchado la lectura que tuve en mi club el día de hoy.

A ratos pensaba que debía abrir un club en la tarde ya que en la mañana sólo tenía a cuatro personas y en realidad, hay mucha gente interesada, pero que por cuestiones de horarios, no pueden asistir en la mañana. Ayer me di cuenta que no sería posible, porque mis horarios no lo permitirían. Preferí relajarme y aprovechar lo que ya tengo. Pensé en la historia de uno de los integrantes del club, el cual un día se me acercó y me dijo “Hola, sólo quería decirte que tal vez no pueda asistir a todas las sesiones. De hecho, yo tengo clase a esta hora, pero platiqué con mi maestra y acordamos en que me dejaría venir un miércoles sí y uno no”. No lo se, pero ese comentario me motivó mucho. Se siente bonito.

Un caso también que me gusta es el del integrante que se emociona y explícitamente comparte que él desconocía la variedad de debates y de diversidad que había en el mundo. Hoy sólo le sonreí y le dije que yo tampoco sabía. Eso es lo genial de la literatura, el ver cómo uno puede ir provocando la relfexión.

La dinámica de lectura del club

La sesión suele empezar con la lectura de un par de artículos recientes de relevancia en el mundo queer. Elaboro preguntas para provocar el diálogo, partiendo desde los artículos que les presento. Una vez dialogado el tema, busco abrirle camino al texto literario que veremos. Intento hacer que los artículos y el texto se relacionen de algún modo, pero no siempre es así. Una vez leído el cuento o poema, los comentamos y buscamos casos que tal vez conozcamos de cerca o que ubiquemos en nuestra realidad próxima.

Hasta ahora, sólo hemos leído poesía y cuento. Desde el inicio quedamos que leeríamos una novela y el día de hoy les pregunté: ¿prefieren que votemos por una novela y que todos leamos lo mismo o que cada quién elija su lectura y que comente en la sesión lo que haya leído durante la semana? Les dije un poco de los pros y contras, y al final decidieron que cada uno elegiría qué leer. Yo por lo pronto, quedé en mandarles opciones para que puedan guiarse. Estoy emocionado por saber qué van a elegir.

A ver qué me dicen

Este semestre, la coordinadora se enfrentó a una variedad de propuestas nuevas y frescas para los clubs de lectura. Junto con otras amigas, en esta ocasión sugieron clubs con hilos temáticos como mujeres cuentistas y literatura erótica (este ha sido otro club muy comentado). Pero se siente bien saber que tenemos espacios en donde podamos compartir la otra literatura no tan popular y que muchas veces sólo rondan en pasilloso de universidad. Me parece que en la uni he visto muchísimas historias que de no haber entrado a la carrera de literaturas hispánicas, dudo mucho que hubiera leído o conocido. Cuando la coordinadora dijo “A ver qué me dicen”, pensé que lo único que deberían decir respecto a las propuestas de estos clubs y temas, es “Muy bien, ya era hora”.

Lecturas

Ya es tarde y antes de dormir quiero compartirles, a las personas interesadas, el enlace a la carpeta de Drive que comparto con mi club para que puedan ver los textos que vemos en las sesiones.

Para entrar, sólo hagan clic aquí.

Espero que disfruten de los artículos y de algunos de los textos que se encuentran ahí. En esta semana tal vez vaya haber más libros debido a las posibles recomendaciones que les haga a los integrantes del club.


PD: Estaría cool que me compartieran un libro queer que les guste mucho para proponerlo en el club. Por lo pronto, sigan haciendo lo que tengan que hacer para alcanzar lo que quieren, así sea escribir antes de la medianoche para alcanzar a publicar el día dos del Blogtober.

“el abdomen de cristo” [Cuento]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.


El abdomen de Cristo

Cuando Ignacio cumplió doce años pidió que le regalaran una Biblia.

— ¡Pero si hay tres aquí en la casa, hijo! ¡Pide otra cosa, anda! ¿Qué quieres?

Tal vez su padre quería que su hijo pidiera algo más común, algún obsequió más acorde a los niños de su edad. Prefería no ver esa extraña petición como una de esas “señales” de las que decía su compadre acerca de los niños jotos. «No, Ignacio no es joto… », pensó. Sonreía nervioso, parecía que el futuro de su hijo dependiera de esa respuesta, pero el pequeño no decía nada. 

— ¿Qué te parece si te traigo otra cosa? Es más, no te voy a decir qué es, para que sea una sorpresa, ¿va?— dijo con un tono que buscaba aprobación.

Ignacio asintió y sonrió, pensó que este gesto tranquilizaría a su papá. Y así fue, la sonrisa del pequeño hizo que los hombros del padre se relajaran y dejó de sentir que estaba obligando a su hijo a hacer algo que no quería. Luego de un breve intercambio de miradas, el niño dio la media vuelta y se dirigió al patio.

Ignacio sabía que lo que hubiera en esa caja, le serviría para cumplir el deseo que tenía en mente cuando apagó la llama de las doce velas de su pastel. Era una caja cuadrada de tamaño medio, desgarró el papel con una violencia descontrolada. Cuando al fin descubrió el regalo que le había hecho su padre, sólo le tomó un microsegundo construir la emoción.

—Te acompañaré los primeros días, y ya luego tú irás al campo para practicar solito.

Esa tarde recibió más de un balón, contando el de su padre, fueron siete pelotas obsequiadas: cuatro de futbol, dos de beisbol y una de basquetbol.

El primer mes fue todos los días al campo, al inicio lo acompañó su padre, luego empezó a ir con un compañero de su escuela. Hubo un par de ocasiones en donde Ignacio participó en partidos amistosos. Era inevitable ver el nato potencial del niño al jugar. Parecía disfrutar mucho del futbol, de hecho, en alguna ocasión recibió un elogio de parte de su padrino.

— ¡Si te viera tu mami, Ignacio! ¡Se sorprendería del buen artillero que te puedes convertir! Ve nomás como se lleva la pelota y se burla a todos, compadre— gritó entre risas mientras cabalgaba junto al papá de Ignacio y los demás rancheros.

Un par de meses más habían transcurrido e Ignacio aún recordaba el deseo de su cumpleaños, pero tenía miedo.

Había mucha oscuridad y hoy sí sería el día. Se sentía culpable y solo, las palabras resonaban con fuerza en su cabeza. Algo no lo dejaba en paz. Sentía un hormigueo en las manos, cosquillas debajo del ombligo y ganas de orinar a pesar de que acababa de ir al baño. Simplemente le era imposible dormir. El corazón le latía con fuerza, recordaba la misa de ese domingo. Reprimía ciertas imágenes, como siempre lo había hecho, porque sabía que estaba mal pensar en eso. Ante este remolino de inquietudes mentales y físicas, corrió al gabinete y sacó la Biblia, pensó que eso funcionaría.
Encendió su lámpara de noche y empezó a leer, pero Ignacio estaba interesado en una página particular. Mientras pasaba las páginas, leía de reojo los versículos de inagotable amor, de incomparable cólera y compasión, del padre y del hijo. Pensaba en el hombre con la corona de espinas, siguió pasando las páginas hasta que se detuvo: una ilustración a color de Jesús crucificado. Veía esa delgada complexión muscular, era extraño; veía caer la sangre, era hermoso. Endureció los labios y tragó saliva, era un pecado. 

Colocó el libro sobre su cama, se arrodilló en el suelo y juntó sus manos. Temblaba. Rezaba para sí mismo. Luego de un largo rato, en el hueco y silencio del pequeño cuarto se escuchaba un casi inaudible:

—Amén…

Abrió los ojos y separó las manos, una la colocó sobre la imagen de su salvador y la otra la dirigió sobre su pantalón en la extraña tensión que sentía en su miembro. Recorrió desde el clavo y la palma sangrienta izquierda, hacia el brazo, lento y más lento porque simultáneamente hacía movimientos sutiles sobre su pantalón. Cuando su mano pasó por el abdomen de Cristo sintió un golpe en el centro del cuerpo, un frío estremecimiento y volvió a tener miedo. Rapidamente cerró el libro y se refugió en las cobijas, sólo se escuchó la Biblia caer en el suelo y sus jadeos entrecortados.

Eso fue lo más cercano por consumar aquel deseo de cumpleaños.



¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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Un cubrebocas que descubre palabras

Se cubrió la cara con su sábana. “¡Puta, sábana!”, pensó mientras la aventaba lo más lejos posible. Queda a un lado de él, sabe que la va a necesitar. El calor de los últimos días bochornosos de la ciudad había quedado impregnado en la tela. Era su sudor, un sudor seco, sudor con un aroma a “cosas que te hacen sudar”. Estaba encabronado y se enojaba más al no tener un motivo concreto por el que estar encabronado. Sus pensamientos se dirigían hacia un tiradero de malas vibras por querer empezar a rastrear su presunto “odio” contenido de un tiempo para acá. Pero le daba miedo verbalizar tantas pendejadas, tanto odio trivial que ni siquiera era odio, sino un enfado y decadencia rutinaria.
Ese día usó un cubrebocas y todo el día las palabras rebotaban en esa cosa que estaba obligado a usar para no contagiar a nadie. Se tragó cada sílaba no pronunciada. Si nuestra opresión fuera tan visible como un cubrebocas, las cosas serían distintas. No quería tirar tanta basura, no quería envenenar su espíritu, ¿verdad? Pero sí lo quería, tanto como el querer dejar de usar un cubrebocas durante esa exposición de la cual ni siquiera estudió porque un día antes se estaba retorciendo en la cama de un maldito dolor de anginas. Ah, pero en ese momento cómo deseó quitarse el cubreboca, hacer que sus compañeros hicieran fila para escupirles en la cara uno a uno. Los odiaba, más a esa chica alternativa y depresiva. Quería escupirles a todos en grupo, porque así los odiaba mejor, ya que si se encontraba a solas con uno, su odio se fragmentaba y a veces se daba cuenta que individualmente, mucho de ellos le caían bien. Debía ser equitativo y odiarlos a todos por parejo.
Pensó que si tal vez no hubiera dejado de practicar yoga, nada de esto estuviera ocurriendo. Sólo le bastaría un momento de meditación y respiración para que el dolor y los pensamientos malos se fueran o disminuyeran. Tal vez se iría a Youtube para teclear YogaWithAdriene porque el pobre infeliz ni siquiera llevaba clases de yoga con alguien que le pudiera decir “Wey, tu perro boca abajo está hecho una mierda… como tú”. En fin, la meditación hubiera sido una salida más limpia, más zen-sata, pfff se pendejeó al pensar en ese juego de palabras. Aunque muy dentro de él, sabía que lo que se avenía era algo que iba a disfrutar. Sentía el derecho de maldecir ese pinche agujero de mierda donde vivía, las putas paredes despintadas con rayones que hizo algún estudiante pendejo que logró graduarse con un promedio de 8.3 de alguna ingeniería equis, si es que se graduó. El pinche dolor y fatiga le daba ideas ingeniosas de como mandar a la chingada a cualquiera que se le acercara en las próximas horas. La comida no sabía a nada, ¿qué perra enfermedad le quita el sabor a las cosas de esa manera? El tiempo es uno pero no mames, el tiempo a veces ni lo sientes, en cambio esta chingadera me alteraba el gusto de un día para otro. Mi gusto se volvió sensible a lo dulce y lo salado. El pinche burro de asada de la cooperativa era un asco, al igual que la puta limonada.
A ratos, justo cuando las maldiciones se ponían buenas en si cabeza, había un punto de quiebre que me devolvía solo para arrancar de nuevo. Sentía morir y el cubreboca sólo desnudaba y cogía con las ideas vírgenes de mi mente. En 24hrs usaría uno diferente, ya saben, cuestiones de higiene. Así debería ser todo, pasar de un empaque al uso y del uso al desuso. Conocer-desconocer, coger-descoger (coger de nuevo pero diferente, con nostalgia de haber cogido ya), vivir-morir. Escucho mi nombre, lo ignoro. Me pregunto cosas, pero una voz sigue chingando en mi cabeza. Me quito el cubrebocas y levanto la cabeza

-¡¿Qué chingados quieren?!- lo grito en desahogo como si fuese el cierre del ritual “tirar mierda”.

Oigo unos “qué pedo”, estaban pasando lista y me estaban hablando. La chica que me cae mal me ve de reojo con desdén, ha de pensar que le estoy haciendo competencia de quien es el más “véanme a mí”. Si supiera que no tiene nada de que preocuparse.

Pienso en regresar la cabeza para seguir descansando pero la vergüenza me embarga y mejor tomo la jeringa, la dosis de penicilina y salgo del aula. Me toca esta y otras dos inyecciones más en las nalgas. De la nada, esta enfermedad se volvió interesante. Camino y me paseo, así como me paseo de un narrador en tercera persona a uno en primera. Me quito el cubreboca para poder escupir.


PD: Epstein Barr…

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¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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El calor de tu amor quema, tu fría indiferencia también

La recámara estaba fría o cálida, no lo recuerdo. Sólo recuerdo tus piernas envueltas a mi cuerpo y mis brazos envueltos al tuyo. El silencio, no; no era el silencio, era tu respiración a suspiros. Ese sonido de una flama inocente. Yo veía tu cuerpo y sentía tu mirada sobre mí. No me interesaba saber quién era la presa.
Nuestras miradas se cruzan y no puedo evitar sonreír, tú tampoco. Sonríes, es una sonrisa genuina y me preguntas “¿Qué…?”, un “qué” tibio. Un “qué” que buscaba descubrir lo que yo estaba pensando, un “qué” que no era una pregunta, sino una urgencia. Te quemas, pero tu cuerpo es indiferente; ardes, pero tus ojos maldicen; tu fuego me empieza a consumir. Quemamos el deseo y la noche cayó sobre nosotros, tan silenciosa como delicados copos de nieve.
Me abrazas… Nuestros cuerpos envueltos ceden a la comodidad, te apartas. Sobre estas cenizas se posan las dudas copo a copo. Tengo frío, te alejas. Los restos del fuego quedan bajo la nieve, diez, once, doce blancas. Todo es blanco pero nada es claro. La certeza de que en unas horas te vas y que estaré en espera de tu incendio, esa certeza, esa frialdad esa indiferencia, también quema(s da si me quemo, esta nieve se convertirá en agua que brota de mis ojos e hidrata las esperanzas de tenerte en esta habitación que a veces es fría y a veces cálida).

[Cuento] El robo

El robo

Luis había salido con aquella anciana ya varias veces, quizás mucho más que “varias veces”. Pero ese día le diría que ya no podía continuar viéndola. Las citas habían sido las suficientes para conseguir lo que necesitaba y salir del país. Luis sentía que todo sería más fácil debido a que la hija de la anciana regresaba de Venezuela, de esta forma él no tendría que lidiar con los reproches o peor aún, con el infarto que le podría dar a la vieja. Aunque él a veces pensaba que un ataque cardíaco sería poco probable, creía que algo así pudo haber sucedido durante los múltiples encuentros sexuales que tuvo con ella. Si no tuvo ningún ataque entonces ¿por qué lo tendría ahora? Una risa burlona se le escapó; a veces sonreía ante su propio cinismo.

Ese día había citado a la anciana en el café donde la conoció. Tenía planeado decirle que se iba a México porque se había ganado una beca en alguna universidad. Él allá empezaría otra vida, había contactado a personas que le aseguraban un buen estatus económico. Se imaginaba las playas, la comida, las fiestas, las noches y mujeres que gracias a dios, serían de su edad. La anciana no era mala en la cama y eso le perturbaba un poco. Pero Luis estaba agradecido por lo fácil que era persuadirla, un susurro en el oído bastaba y una caricia en el cabello blanco despejaba toda duda restante. Sonrió.

Contemplaba su café latte cuando escuchó las campanitas de la puerta del local; al fin llegó. Sabía que era ella porque se oían murmullos de meseros que detienen la puerta. La anciana se apoyaba con la ayuda de un mesero y una joven. Cuando se acercaron a su mesa, Luis se levantó a ayudar y cuando llegaron le dio una moneda a la joven y al mesero. La joven era muy hermosa y lo único en lo que Luis pensó era en la idea de conocer mujeres tan bellas como esa joven gentil. La muchacha sonrió y eso le tomó por sorpresa; a la sonrisa le siguió un destello de risa desmedida, detrás de él la anciana también reía. Luis estaba confundido.

—Luis, ella es Diana, mi nieta.

Luis se mordió el labio del nerviosismo. Por un instante transportaba su mirada de la anciana a la joven y para cortar la incomodidad: sonrió. No ignoraba la belleza de la nieta, se saludaron formalmente y las sonrisas nerviosas por parte de ella era una reacción a la cual él estaba acostumbrado, pero se dio cuenta de un nerviosismo extraño de parte de él que intentaba ocultar. Finalmente se sentaron, Luis no podía evitar dirigirle la mirada a Diana y todo estaba bajo un silencio que la anciana interrumpió

—¿Qué era eso que querías decirme, Luis?— dijo la vieja mientras tomaba a su nieta de la mano.

Luis salió de su trance y se molestó consigo mismo ante su testarudez que al parecer la causaba gracia a la joven. Luis retomó compostura y de forma seria, miró fijamente a la anciana.

—No, no era nada importante. Sólo quería… – volteó a ver a la joven y una sonrisa se dibujó en su rostro-… sólo quería verte y charlar.

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pexel.com



 

Esta fue una dinámica para mi clase de Taller de composición. El maestro número cada letra del abecedario y debíamos sumar las cantidades y en un tablero, cierto número venía con la características de un personaje. El mío: trepador social/ paranoico. Puede que lo primero lo haya logrado plasmar, pero lo segundo, mmmmeeeee.

¡Gracias por leer!

PD: Originalmente Luis estaba tomando un café americano, pero la foto que encontré en Pexel, que es el servicio de imágenes libre de derechos de autor que uso; tenía la imagen de un hombre con un latte, así que lo cambié.

[Cuento] Caperucita noche

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─ ¡¿Quién te manda a andar de lambiscona?! Ser la favorita no tiene tantos beneficios, mija”

Bere estaba celosa, sabía bien que los beneficios son muchos. Carlota no me entregaba a cualquier hombre; constantemente recibo obsequios de su parte y hasta me involucraba en el proceso de selección de las chicas nuevas. Esa noche Carlota tenía una migraña horrible; pensó que había perdido el portafolio con los archivos de las niñas nuevas y de la preocupación, la cabeza le empezó a doler de manera incontrolable.

─Quiere que vayas tú. Ten─ me dijo Bere mientras me pasaba el portafolio─ tápate y vete con cuidado.

Por más celos que me tenga, por más molesta que esté conmigo, admito que Bere siempre se ha preocupado mucho por mí. Tomé mi chaqueta negra de piel, mínimo iría un poco abrigada en la parte de arriba porque el vestido corto que traía puesto no sería de ayuda. La casona no estaba tan lejos, entiendo que a Carlota se le haya hecho fácil pedir que le llevara los archivos. Deseaba poder camuflajearme con la noche, al fin y al cabo iba toda de negro. Luego noté mi pinche vestido lleno de lentejuelas brillantes que pedían a destellos que alguien llegara a violarme en la noche. Intente tranquilizarme y retomar la compostura. Venía pensando en los charcos por los que saltaba y en lo buena que soy para usar tacones, pensaba en las luces de los semáforos con gotas de pos lluvia en sus reflectores, pensaba en los ladridos y en los animales sin casa que dormían en las banquetas. Pensaba en casa cuando sentí como un auto empezaba a seguirme. El motor me gruñía, ese gruñido inigualable; era el pinche Sergio en su Lobo. Intenté acelerar el paso pero resultaron intentos vanos; Sergio me alcanzó y sin detener el auto continuó siguiendo el ritmo de mis pasos. Bajó el vidrio del auto.

─ ¿A dónde la llevas, lindura?

Qué hombre tan chocante. No sé por qué lo hice pero le explique sobre las fotos de las chicas nuevas que Carlota seleccionaría. Pensé que tal vez eso haría que me dejara en paz. No fue así.

─ ¡Si ya le dije a la pinche vieja esa que te quiero a ti chingados!─ me sonrió, desafortunadamente lo pendejo no le quitaba lo guapo─ ¿por qué se complica, eh?

Lo ignoré y eso no le gustaba, pero él insistía. En otro universo si el Sergio fuera menos lo que intenta creerse, tal vez sí me iría con él.

─ ¡Dianita, súbete, yo te llevo!─ Seguí ignorándolo. Así continuó por largo rato. Pensé que nunca se cansaría.

─ Pinche puta difícil ─ evite reaccionar ante el comentario─ a ver a qué hora llegas ¡Eres mía, Diana!

El sonido ensordecedor del motor de su lobo me hizo dar un pequeño salto y un grito ahogado. Vi como aceleró y daba vuelta hacia la calle de la casona. Tal vez iría a quejarse con Carlota.
Sergio siempre había tenido un interés por mí, pero lo corrompieron de la manera en la que solo el dinero sabe hacerlo. Dice que lo había hecho por mí. Si acaso llegue a sentir algo por él, ahora era imposible encontrar siquiera el interés en platicar con él.

Yo llegué a la casa y el alivio llegó a mí. Con las uñas que Carlota me mandó hacer, toque el altavoz y el timbre. Amaba la casa de Carlota.

─ Señora Carlota, soy Diana. Le traigo los papeles que me pidió.

─Adelante, Diana…─ Enseguida se escuchó cómo el seguro se quitaba de la puerta y se dejaba oír un zumbido. No pude evitar notar algo extraño en el tono de Carlota.

Cuando entré a la casa, todo parecía estar en orden. Llamé a Carlota pero no hubo respuesta. Luego oí a Carlota diciéndome que fuera a su habitación. La migraña de seguro la estaba matando. Lo bueno que ya le había traído lo que necesitaba; consideré quedarme para atenderla y ver en qué podía ser de ayuda. Caminé por el pasillo, algunos de los cuadros estaban en el suelo; los coloque de nuevo en su lugar. Escuché un zumbido. Llegué a la habitación y entré.

─Acércate, Diana. Acércate, por favor Diana… Acércate, Diana.

─Carlota ya no se preocupe, aquí le traigo lo que me pidió─ dije mientras colocaba el portafolio en una mesita de centro─ ¿cómo sigue?

Me había quedado parada, Carlota estaba recostada en esa gran cama. Sonreí y me acerqué.

─Acércate, Diana. Acércate, por favor Diana… Acércate, Diana.

─No se preocupe Carlota─ me senté en la cama─ sabe qué, le traeré un té.

Iba a hacerlo pero Carlota insistía en que me acercara. Caminé hacia la cabecera de la cama y la vi. De inmediato me quedé helada. Carlota seguía insistiendo que me acercara, pero sus labios no se movían. Comencé a temblar y de forma instintiva, descubrí su cuerpo. La cama estaba empapada de sangre y justo a un lado de ella había un celular reproduciendo una grabación que insistía que me acercara. Quería gritar pero no podía. Me arrodillé en la cama y empecé a llorar. Me estaba quitando la chaqueta pero me detuve de inmediato, sentí algo en la nuca. Sabía lo que era, no había sido la primera vez que me ponían un arma en la cabeza.

─No te la quites, la vas a necesitar─ era Sergio, pero su tono de voz era un tono que jamás había escuchado venir de él; Sergio lloraba─ perdón, Diana.

*******

─Así pasó, es lo que recuerdo. No, no quiero hablar de lo demás.

─Tenemos que escuchar su testimonio, señorita. Tenemos que saberlo todo.

─ ¡Si ya lo saben! ¡No veíamos películas, no hablábamos de amor, no hacíamos el amor! ¡El pendejo me violó no sé cuántas veces! ¡El hijo de su puta madre se lo merece!─ me jalo los cabellos y volteo a ver a todos; detengo la mirada en uno de los oficiales, nunca olvidaría su rostro─ Sólo me muero del puto coraje que no haya sido yo quien lo mató.

O. M.


Este ejercicio lo hice en clase de composición. El maestro hizo que exploráramos el cuento de Caperucita Roja, pensáramos en otro color y elaboráramos otra historia con base en ese color pero manteniendo la premisa original ¡Muchas gracias por leer!

[Cuento] Bzz Bzz

Bzz Bzz

La carencia de ruido se vuelve un verdadero agobio después de tanto tiempo. Ella ya había visto mi mensaje hace diez minutos, nunca tardábamos más de cinco minutos en contestar, a menos que ya nos hubiéramos despedido. Decidí poner mi celular en modo de vibración. El silencio de la habitación cesó y los zumbidos me anunciaban un nuevo Me gusta en Instagram, un retuit en Twitter y más zumbidos para cada Me gusta del meme que había compartido en Facebook; pero ninguno fue señal de respuesta al mensaje anterior que le había mandado. Doce minutos ¿le habrá pasado algo? ¿Estará con alguien más? Solo le había preguntado que sí qué pasaba. Quince minutos y le mando un emoji con cara de sorpresa o asustado, tiene forma de tener ambas expresiones. Mi post alcanzó más Me gustas que de costumbre, mi tuit se volvió viral, la foto de Instagram, esa mejor la borré. Eliminé la foto porque ya habían pasado treinta minutos y apenas llevaba cien Me gusta. Era una buena imagen; recuerdo que le pedí que ella me diera un beso en la mejilla mientras yo tomaba la foto. Aunque el ángulo en la que ella salió no se veía tan bonita, tal vez esa era la razón por la que la foto no había gustado. Fueron veinticinco minutos después cuando oí un zumbido y el sonido de una campanita, era ella. Su mensaje:

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Hundido en zumbidos llegó la carencia de ruido.


 

Este cuento tiene un principio prestado por uno de mis compañeros. En la clase de composición cada alumno debía llevar cinco principios y después la dinámica consistía en que esos principios iban a ser repartidos a un compañero distinto del salón. El alumno debía elegir uno de los cinco principios nuevos que recibió.

[Cuento] El origen del fuego y el agua

Los cuentos etiológicos son relatos en los que cada cultura primitiva ha tratado de dar una explicación del mundo y de los fenómenos naturales más cercanos- Lapicero Mágico

El siguiente cuento es un ejercicio que hice en la clase de composición. Como lo dice su definición superior; el cuento etiológico intenta explicar el por qué de los fenómenos naturales del mundo. Ejemplos de esto lo son el origen del sol y la luna en las culturas prehispánicas, narradas en el Popol Vuh.

Espero les guste.

Fuego y agua

El fuego y el agua antes no existían. Solo había un líquido oscuro; este líquido provenía de las faldas de Anira quien dejaba riachuelos mientras recorría la tierra en busca del amor. Fue hasta que conoció a Goe cuando se tornó en un color más claro, lo suficiente para poder ser bebida por los hombres. Goe amaba tanto a Anira que se estremecía de odio al tener que compartir a su amada. Algo crecía dentro de Goe, un sentimiento nuevo para él. Este sentimiento incontrolable: los celos. Ante un ataque de este sentir que lo corrompía en el interior, comenzó a emitir su odio a través de sus dedos en forma de viento caliente y destructor. Todo ese cúmulo de celos hacia Anira lo llevó a destruir a todo un pueblo que veneraba y bebía de Anira. Pero ella había dejado ríos extensos y era venerada por muchos pueblos más; Goe se propuso a destruir todos. La fuerza de sus celos era de un rojo mortal. El fuego nació de Goe, sus celos le quemaban. Anira tuvo que tomar a Goe entre sus brazos y sus lágrimas lo apaciguaron; las llamas descendían, sus manos se enfriaban y murió lento. La pureza del amor de Anira hizo que el líquido que la caracterizaba se tornara totalmente cristalina. Es por eso que el fuego solo puede controlarse ante la presencia de su amada.


PD: Los invito a divagar y preguntarse el por qué de las cosas naturales y les aseguro que pueden salir historias muy ingeniosas, ya que en mi salón había títulos como: ¿Por qué existe el polvo? ¿por qué lloramos? ¿por qué los ranacuajos parecen espermatozoides? ¿por qué los cangrejos caminan hacia atrás? y muchos otros relatos etiológicos.

Cuento: Por poema

Por poema

El cuarto pequeño hacía que todo fuera más íntimo, como un club. El hecho de que todos estuviéramos sentados en el piso, atribuía al rasgo de hermandad. Me agradaba estar ahí, rodeado de personas, que a mi criterio, se me hacen interesantes. No recuerdo cómo entré al grupo de la revista, creo que fue por parte de un amigo, sí, estoy casi seguro que fue así… creo. Me preguntaba qué haríamos ese día, realmente no hacíamos mucho. En ese entonces no me sabía los nombres de los que conformaban el equipo de la revista, tengo muy mala memoria, así bien sarra. Me encontraba divagando, pensaba en cómo sería mi vida de viejo con alzhéimer, cuando entra el coordinador de la revista, Marcos, con un maletín de donde se asomaban varias hojas blancas.

-¿Imprimiste todos?- Miriam, sin querer, estaba otorgando respuesta a un pregunta que ni siquiera me había formulado.

-Sí

-¿Todos? – Miriam articuló la pregunta que temía hacer, luego de escuchar el sí anterior.

-Sí, todos- Marcos parecía orgulloso de haber impreso un chingo de hojas que eventualmente terminaría tirando.

Sabía lo que haríamos ese día, revisaríamos textos.

Me puse nervioso, había entre las hojas de ese maletín una que no debía estarlo, una que nunca debí crear, peor aun, una que ni siquiera debí haber mandado a la revista, una que no tenía ningún sustento de calidad que… bueno, un amigo dijo que era lo mejor que había escrito, pero no manches, ¡soy un novato en poesía!, soy un pendejo, sonreí cuando lo consideré. Estaba basando la calidad de mi texto en un elogio en alguien que sólo había leído dos escritos míos, de los cuales sólo les había puesto un empeño del tipo ocioso. Estaba nervioso, pero creo que mi sonrisa de “cómo estoy pendejo”, se interpretó como emoción ante los demás colaboradores, me resultaba conveniente que pensarán eso. Necesitaba que creyeran que todo estaba bien. Luego de discutir cómo escogeríamos los textos que se iban a publicar en la revista, Marco lo resumió en:

-Miren, así funcionará esto, cada quien tomará una cantidad de hojas, los leerán y pondrán detrás del trabajo un , un No o un Tal vez, según lo que les parezca. Ya luego discutimos los que se vayan a publicar en el nuevo número.

Los colaboradores era leones que exigían trabajos de calidad, estaban hambrientos, o por lo menos eso creía, es por eso que no quería que leyeran mi poema, iban a destrozar mi texto a mordidas con sus críticas. Por un momento pensé “Bueno, ¿qué tan malo puede ser? Podrían darme críticas constructivas para yo trabajar en ello, tal vez no sean tan acá”, ¡pero no! Eso no ayudaba, que se jodan con sus críticas, yo sé que no es tan bueno mi texto, así que a chingar a su madre con sus comentarios.

¿Por qué? ¿Cómo había llegado ese poema hasta ahí? Digo, nadie lo mando en mi nombre, recuerdo haberlo hecho yo mismo, pero ¿por qué?… ah, sí, porque soy un pendejo. Otra sonrisa.


Quince minutos, eso es más o menos el tiempo que tomo en bañarme, depende si uso el estropajo o no. No sé en dónde escuché que la creatividad suele llegar al momento de bañarte, pero creo que es mentira, la creatividad no parecía manifestarse, ni en el baño ni en el atardecer, en ninguna parte, ni siquiera en la música. Quería pensar que la pinche regadera eléctrica de la casa era lo que espantaba a la inspiración, de por sí arruina todas mis mañanas dándome toques eléctricos sobre las mordeduras que le hago a la piel de mis dedos, ahora también ahuyenta a la musa de la inspiración que ni cantando se aparecía. Estaba preocupado, quería mandar algo a la revista.

Hermosillo me abrumó, nada que ver con el pueblo de dónde vengo, es por eso que me involucré y me envolví con cuanto evento cultural se me cruzara, estaba extasiado. De todos los eventos y convocatorias, no dejaba de pensar en una convocatoria en especial, esa en la que pedían que mandaras un texto para que apareciera en una revista literaria.

Recuerdo estar sentado, la computadora enfrente, recién abatido por una tonta decepción; sí era algo tonto, no sarra, no chale, no feo, no grave, sólo tonto. En base a ese adjetivo de tonto, surgió un poema, el adjetivo parió y el bebé salió algo similar a su mamá, era un poema tontito, no tonto, puede que ni malo, sólo tontito.

Me sentí valiente en mandar mi pequeña abominación a la revista ¡ni siquiera remendé su escases de atributos o su deformación prosaica! Fui el peor padre y autor del mundo, ¿mandar algo así a la guerra contra otros cuentos y poemas?


Eso sucedió hace una semana, creo, el chiste es que ahora estaba aquí, observando cómo mi poema iba a ser destrozado por alguno de éstos… éstas, ¡ellos pues! Tenía que hacer algo, ese poema no es culpable de tener un padre pendejo y despiadado ¿Pero cómo extraer el poema sin que los demás se den cuenta?
No recuerdo haberle pedido ayuda al jefe máximo, realmente no sé si hubo súplica, o de haber habido, no sé hacia quién se dirigirían.

Empezó el reparto.

Éramos como ocho personas ¿cuáles eran las probabilidades? Una madre, confiaba en esa madre. Por si acaso, empecé a asimilar comentarios inexistentes por parte de los colaboradores en mi cabeza, “Pues no está tan mal” “Está muy cursi” “No podemos meter esto a la revista”, cosas así. Tomo las hojas que me pasa Miriam y que el azar me otorgó; los hojeo, no… no… no… valiendo… tampoco… no… sonrisa, no la sonrisa “qué pendejo estoy”, sino la sonrisa de “¡A la torre! Eres tú, pensé que no te iba encontrar”. Ahí estaba, frente a mí, la hija del adjetivo tonto. No contuve la emoción, me voltearon a ver, estoy seguro que los demás atribuyeron mi emoción en que yo era nuevo. Que piensen así.

Excelente, tengo mi poema en mano, la veo, ¿cómo te saco sin que se den cuenta? Volteo a ver a mi alrededor, sólo algunos giran la cabeza ocasionalmente para observar a los demás. Vamos, vamos, no lo puedes arruinar de nuevo. Pienso por un momento, todos volteaban las hojas y escribían su sentencia detrás. Parecen incómodos. Bueno, estar sentado en el suelo, en un cuarto pequeño, revisando textos sin tener dónde apoyar la plu- ¡una carpeta! Sé cómo sacarte de aquí, ocupo apoyarme en algo ¿verdad poema? Sí, necesito escribir detrás de ti que NO, que no estás lista para el mundo. Con cuidado, actuando normal, saco una carpeta de mi mochila, algunos voltean a verme, sólo sonrío, no sé cómo habrá salido la sonrisa pero parecían conformarse y simplemente regresaban la mirada hacia el texto que juzgaban. Coloco la carpeta debajo de todas las hojas. Simulo revisar un texto, voltearlo y ponerlo debajo de los demás, era una prueba, por el rabillo del ojo observé que mis movimientos no provocaron ningún movimiento. Repito el mismo gesto de nuevo hasta llegar a mi poema… escaneo el cuartito, los leones no muestran indicios de moverse hasta por unos dos o tres minutos más. Antes de seguir con mí hazaña observo mi texto, tal vez no estés tan mal, pero no estás lista, por última ocasión hago una observación general del cuarto, rápido, volteo la hoja y la coloco dentro de la carpeta, fui veloz, veo si nadie miró mi maniobra… nadie. Sonrío.


Fue una situación tonta, unos amigos me dijeron que me pasé de lanza, yo no lo creo.

Ahora, esta situación, no pasada de lanza, no estúpida, no fea, sólo tonta, me hizo padre de nuevo. De ella surgió una pequeña niña que heredó el adjetivo de su abuela, de aquella decepción, sólo que a esta puede que no la salve, no por cobarde, no por pendejo, no por malo, sólo por poema, como su mamá circunstancial.

FIN… creo.