#11 El recuerdo infantil

Los recuerdos no se quedan en el pasado, viven o mueren atendiendo a nuestra memoria. Nos acompañan en el presente, y es desde este tiempo en donde evoco las siguientes imágenes de mi infancia: Nací en una ciudad que su característica más relevante es ser frontera (¡Ah! y una banda de rock and roll, un plan y una carrera de caballos). Sin embargo, mis primeros años de escuela transcurrieron en Nuevo México en una ciudad tranquila. Recuerdo los juegos, las historias espontáneas, los espacios, las sensaciones, que vistas desde el presente, las veo proyectarse en mi cabeza como algo lejano. No tenía interés en crecer, pensaba que la gente nacía en las formas en las que yo los veía. Mi mamá se iba a quedar así, mi hermana y yo siempre iríamos a la primaria. No fue así.

Recuerdo la alfombra, las figuras que adornaban los muebles de la sala: ángeles, payasitos, elefantes, aves, girasoles, ositos… Vivíamos en una casa rodante que nunca vi rodar. Los deseos que tenía en ese entonces eran algo simples: quería tener un árbol grande en frente de la casa y un trampolín en el patio. No tenía interés en conocer el mundo, porque aún me quedaba mucho por descubrir de aquella casa rodante. Era sencilla y gris… pequeña, tal vez. Tenía dos habitaciones y en el cuarto que compartía con mi hermana, había una litera roja, un buró de ropa, un pequeño clóset, una tele y un baño que no me gustaba usar. La casa rodante tenía un ventanal deslizable en la cocina, pero nunca lo vi deslizarse. Había muchas cosas en ese espacio que no cumplían con lo que muchos dirían que eran sus propósitos iniciales.

Vienen a mi mente esos festejos que pensé que seguiría festejando cada año: navidad, pascua, la noche de brujas, san valentín… Recuerdo el horrible disfraz de luchador que me compró mi mamá en una thrift shop del centro. Recuerdo el dinosaurio que me encontré en un basurero. Deseo regresar, hasta que recuerdo que nunca me he ido: sigo habitando los deseos, mi necesidad de crear sigue intacta, pero se que perdí algo, no se si sea algo bueno o malo. A veces no se qué será de esta añoranza, de mi deseo por esa paz caótica de la infancia, de mi capacidad de retorcer el espacio y recordar. Porque solo quisiera poder estar sentado sin saber de horarios, quisiera hablar, bailar, llorar, gritar, reír a carcajadas… quisiera que el “déjalo es un niño” fuera mi refugio de nuevo, o por lo menos para cuando esté creando un recuerdo para mi futuro yo.


Este texto lo escribí para el taller de fotografía “Cartografías personales” impartido por Edith Cota

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