#4 El sol en escorpio y otras predicciones

Hace un año tomé las manos de un muchacho y coloqué una conchita de mar entre ellas. Esa noche saldríamos a un cumpleaños con mis amigxs de teatro. Lo vi y entre titubeos logré decirle que esa conchita me devolvería el día que le pidiera que fuera mi novi y que a pesar de que aún no lo seríamos, ese día llevaría ese “título”. Cinco de octubre y un escorpiano dudoso, viendo fijamente a un impaciente ariano quien días después me devolviera la conchita él mismo… se me había adelantado y dije que sí.

A veces me ponía a pensar sobre algunas cosas:

Luego pensaba en otras:

Cuando lo escuchaba hablar con ese tonito singular que hace al pronunciar ciertas palabras, seguía pensando en otras cosas:

Finalmente decidí buscar ayuda. Seguía pensando y pensando…

Como que no terminaba de aceptar que estaba enamorado de ese muchacho, del alto, el del cabello genial, el de carácter fuerte, ese chico guapo e impaciente, el fan de Ru Paul, el que se sabe todos los diálogos de Shrek, el biólogo, el fan de Lady Gaga, al obsesivo compulsivo, el buen conductor, el que no se da cuenta que grita cuando está emocionado, el bebé adulto, al que le irrita la gente lenta, quien tiene pesadillas por las noches y muchos sueños en el día, al consejero que niega consejos… dije: estoy enamorado del ariano con luna en Cáncer…

En una ocasión, una en particular, me preguntaste si te quería… empecé a pensar y buscando ser lo más preciso posible, contesté: Sí, aunque siento que te puedo querer aún más. A pesar de ser consciente de mis temores e inseguridades, te abrí la puerta y te dejé entrar a mi hogar. En ocasiones te corría, solo para salir deprisa a buscarte. A veces eras paciente, te quedabas afuera un momento y tocabas de nuevo a la puerta. Cuando noté que tu estancia se prolongaba, no sabía qué hacer. No pasabas más allá del recibidor de la casa. Luego de un tiempo decidí mostrarte el interior. Te mostré las fotos de la sala, los platos cuarteados de la cocina, los cuadros del pasillo, los cristales rotos de mi taller y mi pequeña biblioteca. Eran espacios que me enorgullecía mostrarte y yo amaba ver tus reacciones ante cada cuarto. Pensaba que sería suficiente con que solo vieras esas habitaciones… no lo fue. Al pasar los días, fuiste viendo los detalles, los aparatos descompuestos, lo descuidado que estaba la pintura del cuarto de dormir, el sarro del baño y la humedad de los techos. Conociste el cuarto de lavar, el sótano, el jardín descuidado y el cuarto del basurero. Me molestaba que lo vieras y decidí esconder ciertos detalles de la descuidada estructura de mi casa. Pero los encontrabas, o tal vez yo no lo escondía tan bien.

Al tiempo me tocó ir a visitarte y para mi sorpresa, el interior de tu casa era un espacio diferente al de la fachada. Resulta que hasta el día de hoy sigo recorriendo tus pasillos, tocando las paredes. Te comento que traje resistol para ayudarte a pegar los figuritas rotas que adornan tu sala. Sentados en tu patio, te tomo de las manos y te digo que entiendo tu preocupación y que a pesar de todo, sigo queriéndote cada vez más.

Te sonrío, te digo que por ahora sigamos regando tus plantas, que hay un predicción en forma de dicho que dice que mi casa es tu casa.

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