¿Existen las buenas maneras?

Las buenas maneras

El presente texto busca explorar una posibilidad interpretativa de lo que se desarrolla en la pieza dancística Las buenas maneras, partiendo de la premisa que propone su sinopsis: “El espectador completa lo que en escena sucede, crea junto al intérprete”. Las buenas maneras sigue el hilo conductor que define a Antares Danza Contemporánea, en donde propone hacer una (re)visita a la dimensión pasional y animalesca del “alma humana”. La pieza inicia desde que el público ingresa al auditorio: tres bailarines sentados sobre las braceras de las butacas, observan y parecen juzgar. Mientras la audiencia se acomoda, los tres parecen escanear la sala lentamente y en el escenario entran y salen otros bailarines que caminan tan rígidamente que parecen marchar. Llegado el momento, los que se encuentran entre la audiencia, se paran sobre las braceras de los asientos, misma mirada. Cuando los tres que se encuentran debajo suben al escenario, el espectador habrá visto ya una sinopsis de la obra, en donde los juicios del observador expondrá la supuesta moral del mismo. 

Para hacer la lectura de la obra, me apoyo en una referencia que me parece pertinente a la temática que Las buenas maneras explora. Me refiero al prefacio escrito por Oscar Wilde para su libro El retrato de Dorian Gray. Un texto atemporal que en su momento describió una realidad de finales del siglo XIX. Entre las muchas frases citables que tiene el prefacio, elijo el siguiente para conectarlo con la obra que Antares propone: “Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida”. Wilde al escribir sobre el artista, los críticos y el espectador, pone sobre la mesa que la moralidad no habita en la obra en sí, sino en quién lo observa. La vida es diversa y cada sociedad suele establecer lo que para ellos son “buenas maneras”, así como las conductas básicas para la interacción entre los individuos que la conforman. Pero hasta la fecha, la humanidad se sigue dando de golpes al ver que por más avances científicos y tecnológicos que haya conquistado o que esté en proceso de conquistar, aún no logra domar la animalidad intrínseca en sí mismos. 

Los bailarines en un inicio parecen seguir una rutina, un engranaje mecánico que debe seguir y cuando un bailarín tambalea, duda o cae, la estructura social no hará nada para readaptar a ese individuo, sino que el bailarín deberá ser quien por sí sólo se adhiera de nuevo. Esta rigidez no es tan fija como parece, nuevas tendencias y expresiones son adoptadas con el paso del tiempo de la obra, pasando de faldas y tacones a sacos, pantalones y zapatos. El vestuario resulta esencial porque finaliza en una individualización y mezclando las prendas protípicamente femeninos y masculinos, resultando en una serie de híbridos en donde el género pasa a un plano indistinguible. Algo importante de resaltar es que el color rojo que simboliza entre otras cosas, el erotismo y lo sexual, se encuentra en el interior de las faldas y sacos, y en la base de los tacones. El rojo es el instinto sexual que se esconde y se reprime, ya que la sociedad no te permitiría mostrarlo, por no ser un acto de “buenas maneras”. Una de las secuencias que ilustra esta vorágine social es cuando entre varios levantan a una bailarina que parece rehusarse a la transición de atuendo falda-tacones a pantalones-zapatos. Este fragmento de la obra muestra la nostalgia, negación, violencia y adoctrinamiento. La estructura social, a través de la fuerza, obliga a sus integrantes a la adaptación de la mayoría dominante. Las vestiduras de la bailarina son removidas y ante su mirada de angustia y lucha para no ceder, termina formando parte del tumulto.
Además de la represión, un elemento que se repite a lo largo de la obra y que conforma la parte climática de Las buenas maneras, es el instinto, lo carnal y primitivo. A pesar de que las estructuras dancísticas absorben a sus integrantes, había a lo largo de la obra, algún integrante intentando reprimir los movimientos que sugieren el acto sexual o salvajismo. No es hasta en la parte caótica del final en donde parece haber cierta liberación y en donde los atuendos cambian, los pasos militarizados quedan reemplazados por pasos extensos y saltos. Mientras esta hibridación del vestuario sucede en el fondo; en  el primer plano, sobre un área verde con pasto, que no había sido explorada en toda la obra, hay dos personas con sólo ropa interior y tacones. Cuando estos cuerpos ingresan al pasto, ambos quedan en un plano distinto, un espacio en donde las vestiduras no existen, donde las apariencias y las máscaras no están. Ahí en el pasto conviven dos cuerpos, dos animales que retratan lo primitivo del ser humano, que se retuercen, se tocan y exploran. Esta secuencia resulta cruda y crea un fuerte contraste con el inicio de la obra. Es ese el momento en el que se prueban las supuestas verdades y en donde el espectador queda aún más expuesto que los bailarines sobre el pasto, aunque todo desde la seguridad del imaginario propio, donde nadie ve lo que por nuestra mente pasa. Las buenas maneras cuestiona si realmente existen “las buenas maneras”. Una pieza que no concluye al apagarse las luces y cerrarse el telón, sino que sigue en el escenario mental. En un tiempo de censura y represión, a través del arte y el símbolo, Antares propone que el público visite sus propias censuras y represiones. Y ya para concluir, me apoyo una vez más del prefacio de Oscar Wilde para contestar a la pregunta que este texto lleva por título; Wilde anota que “La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar”.

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