Aplaudiéndole a los peces

Estos últimos días han sido algo apresurados, y es que han acontecido tantas cosas en tan poco tiempo que hasta parece que este 2019 condensó todo para lo último del año. Cosas que no esperaba, como el que de mis labios salieron las palabras “mi novio” o que mi cuerpo pisara el aula de Núcleos Antares. Sin duda, es lo primero lo que ha ocupado la mayor parte de mi tiempo. A mediados de agosto, alguien me dijo “No le aplaudas al pez por nadar”, la misma persona a la que hoy le contesto sus “¿Me quieres?” con un “Siento que te puedo querer más”.


¿Por qué te sorprenderías del cariño de una madre? Es lo que ellas hacen, ¿no? ¿Por qué apreciar ese abrazo, ese apoyo y esas palabras de ánimo? Es normal, me dices, eso hacen las parejas. Y sigo pensando porque creo que sí es necesario aplaudirle a los peces, aplaudirte.

Como inexperto a la entrega, como niño ingenuo, demonio juguetón y ángel prejuicioso, te comento que entendería por qué los dioses clásicos descendían del Olimpo para tocarnos.

Había visto nadar a peces hermosos sobre el pequeño canal al que salía a jugar. Me alegraba cuando los veía saltar hacia la corriente, huir de ese estanque en donde los tenía e irse al río que los arrastraba, tal vez a un lugar mejor. Aplaudía. Claro que hubo peces con los que me habría gustado ver por siempre en mi pequeño charco. Cuando esos se iban, yo lloraba. Aplaudía entre lágrimas. Acostumbrado estaba a este proceso que había momentos en los que me metía al agua a patalear y hacer pequeños huracanes, los ahuyentaba y les mostraba el camino hacia la corriente que eventualmente los arrastraría.

Fue después de una rabieta tonta cuando la arena fina debajo del agua empezaba a calmarse, el agua se aclaró… ahí te vi. Tranquilo y sin presunción, nadabas a mi alrededor. Te veía a través del velo acuático, te pateaba y seguías ahí. Brillabas y quise ver tus colores de cerca. Tenía miedo, porque no sabía nadar ni respirar bajo el agua. Dudé. Preferí no acercarme tanto, y mientras otros peces seguían saltando, vi que seguías ahí. Más grande, más bello, tan peculiar. Empezaste a ser necesario y fue ahí cuando quise ser pez. Tu nado despreocupado me calmaba. Un día, sin esperarlo, seguí las ondas de tus aletas y asome mi cara al agua.


Dicen que ya no ven al niño llorar sobre su charco. Ya no lo ven saltar. Pero en el canal se ven dos peces nadar, los mismos que a veces se van a nadar en el río y en el mar. Siempre regresan a ese pequeño oasis.


PD: Por estar enseñándome a nadar, por eso te aplaudo, B.

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