“el abdomen de cristo” [Cuento]

El siguiente texto forma parte de un proyecto de escritura creativa y compilación en donde abordo la exploración sentimental y sexual de personajes LGBT+, en especial los bisexuales. Más en “Sobre gritos y silencios” y Sweek.


El abdomen de Cristo

Cuando Ignacio cumplió doce años pidió que le regalaran una Biblia.

— ¡Pero si hay tres aquí en la casa, hijo! ¡Pide otra cosa, anda! ¿Qué quieres?

Tal vez su padre quería que su hijo pidiera algo más común, algún obsequió más acorde a los niños de su edad. Prefería no ver esa extraña petición como una de esas “señales” de las que decía su compadre acerca de los niños jotos. «No, Ignacio no es joto… », pensó. Sonreía nervioso, parecía que el futuro de su hijo dependiera de esa respuesta, pero el pequeño no decía nada. 

— ¿Qué te parece si te traigo otra cosa? Es más, no te voy a decir qué es, para que sea una sorpresa, ¿va?— dijo con un tono que buscaba aprobación.

Ignacio asintió y sonrió, pensó que este gesto tranquilizaría a su papá. Y así fue, la sonrisa del pequeño hizo que los hombros del padre se relajaran y dejó de sentir que estaba obligando a su hijo a hacer algo que no quería. Luego de un breve intercambio de miradas, el niño dio la media vuelta y se dirigió al patio.

Ignacio sabía que lo que hubiera en esa caja, le serviría para cumplir el deseo que tenía en mente cuando apagó la llama de las doce velas de su pastel. Era una caja cuadrada de tamaño medio, desgarró el papel con una violencia descontrolada. Cuando al fin descubrió el regalo que le había hecho su padre, sólo le tomó un microsegundo construir la emoción.

—Te acompañaré los primeros días, y ya luego tú irás al campo para practicar solito.

Esa tarde recibió más de un balón, contando el de su padre, fueron siete pelotas obsequiadas: cuatro de futbol, dos de beisbol y una de basquetbol.

El primer mes fue todos los días al campo, al inicio lo acompañó su padre, luego empezó a ir con un compañero de su escuela. Hubo un par de ocasiones en donde Ignacio participó en partidos amistosos. Era inevitable ver el nato potencial del niño al jugar. Parecía disfrutar mucho del futbol, de hecho, en alguna ocasión recibió un elogio de parte de su padrino.

— ¡Si te viera tu mami, Ignacio! ¡Se sorprendería del buen artillero que te puedes convertir! Ve nomás como se lleva la pelota y se burla a todos, compadre— gritó entre risas mientras cabalgaba junto al papá de Ignacio y los demás rancheros.

Un par de meses más habían transcurrido e Ignacio aún recordaba el deseo de su cumpleaños, pero tenía miedo.

Había mucha oscuridad y hoy sí sería el día. Se sentía culpable y solo, las palabras resonaban con fuerza en su cabeza. Algo no lo dejaba en paz. Sentía un hormigueo en las manos, cosquillas debajo del ombligo y ganas de orinar a pesar de que acababa de ir al baño. Simplemente le era imposible dormir. El corazón le latía con fuerza, recordaba la misa de ese domingo. Reprimía ciertas imágenes, como siempre lo había hecho, porque sabía que estaba mal pensar en eso. Ante este remolino de inquietudes mentales y físicas, corrió al gabinete y sacó la Biblia, pensó que eso funcionaría.
Encendió su lámpara de noche y empezó a leer, pero Ignacio estaba interesado en una página particular. Mientras pasaba las páginas, leía de reojo los versículos de inagotable amor, de incomparable cólera y compasión, del padre y del hijo. Pensaba en el hombre con la corona de espinas, siguió pasando las páginas hasta que se detuvo: una ilustración a color de Jesús crucificado. Veía esa delgada complexión muscular, era extraño; veía caer la sangre, era hermoso. Endureció los labios y tragó saliva, era un pecado. 

Colocó el libro sobre su cama, se arrodilló en el suelo y juntó sus manos. Temblaba. Rezaba para sí mismo. Luego de un largo rato, en el hueco y silencio del pequeño cuarto se escuchaba un casi inaudible:

—Amén…

Abrió los ojos y separó las manos, una la colocó sobre la imagen de su salvador y la otra la dirigió sobre su pantalón en la extraña tensión que sentía en su miembro. Recorrió desde el clavo y la palma sangrienta izquierda, hacia el brazo, lento y más lento porque simultáneamente hacía movimientos sutiles sobre su pantalón. Cuando su mano pasó por el abdomen de Cristo sintió un golpe en el centro del cuerpo, un frío estremecimiento y volvió a tener miedo. Rapidamente cerró el libro y se refugió en las cobijas, sólo se escuchó la Biblia caer en el suelo y sus jadeos entrecortados.

Eso fue lo más cercano por consumar aquel deseo de cumpleaños.



¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

Sígueme en

Instagram: Soy Oscar Cartero
Twitter: Oscar sin acento

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.