Un cubrebocas que descubre palabras

Se cubrió la cara con su sábana. “¡Puta, sábana!”, pensó mientras la aventaba lo más lejos posible. Queda a un lado de él, sabe que la va a necesitar. El calor de los últimos días bochornosos de la ciudad había quedado impregnado en la tela. Era su sudor, un sudor seco, sudor con un aroma a “cosas que te hacen sudar”. Estaba encabronado y se enojaba más al no tener un motivo concreto por el que estar encabronado. Sus pensamientos se dirigían hacia un tiradero de malas vibras por querer empezar a rastrear su presunto “odio” contenido de un tiempo para acá. Pero le daba miedo verbalizar tantas pendejadas, tanto odio trivial que ni siquiera era odio, sino un enfado y decadencia rutinaria.
Ese día usó un cubrebocas y todo el día las palabras rebotaban en esa cosa que estaba obligado a usar para no contagiar a nadie. Se tragó cada sílaba no pronunciada. Si nuestra opresión fuera tan visible como un cubrebocas, las cosas serían distintas. No quería tirar tanta basura, no quería envenenar su espíritu, ¿verdad? Pero sí lo quería, tanto como el querer dejar de usar un cubrebocas durante esa exposición de la cual ni siquiera estudió porque un día antes se estaba retorciendo en la cama de un maldito dolor de anginas. Ah, pero en ese momento cómo deseó quitarse el cubreboca, hacer que sus compañeros hicieran fila para escupirles en la cara uno a uno. Los odiaba, más a esa chica alternativa y depresiva. Quería escupirles a todos en grupo, porque así los odiaba mejor, ya que si se encontraba a solas con uno, su odio se fragmentaba y a veces se daba cuenta que individualmente, mucho de ellos le caían bien. Debía ser equitativo y odiarlos a todos por parejo.
Pensó que si tal vez no hubiera dejado de practicar yoga, nada de esto estuviera ocurriendo. Sólo le bastaría un momento de meditación y respiración para que el dolor y los pensamientos malos se fueran o disminuyeran. Tal vez se iría a Youtube para teclear YogaWithAdriene porque el pobre infeliz ni siquiera llevaba clases de yoga con alguien que le pudiera decir “Wey, tu perro boca abajo está hecho una mierda… como tú”. En fin, la meditación hubiera sido una salida más limpia, más zen-sata, pfff se pendejeó al pensar en ese juego de palabras. Aunque muy dentro de él, sabía que lo que se avenía era algo que iba a disfrutar. Sentía el derecho de maldecir ese pinche agujero de mierda donde vivía, las putas paredes despintadas con rayones que hizo algún estudiante pendejo que logró graduarse con un promedio de 8.3 de alguna ingeniería equis, si es que se graduó. El pinche dolor y fatiga le daba ideas ingeniosas de como mandar a la chingada a cualquiera que se le acercara en las próximas horas. La comida no sabía a nada, ¿qué perra enfermedad le quita el sabor a las cosas de esa manera? El tiempo es uno pero no mames, el tiempo a veces ni lo sientes, en cambio esta chingadera me alteraba el gusto de un día para otro. Mi gusto se volvió sensible a lo dulce y lo salado. El pinche burro de asada de la cooperativa era un asco, al igual que la puta limonada.
A ratos, justo cuando las maldiciones se ponían buenas en si cabeza, había un punto de quiebre que me devolvía solo para arrancar de nuevo. Sentía morir y el cubreboca sólo desnudaba y cogía con las ideas vírgenes de mi mente. En 24hrs usaría uno diferente, ya saben, cuestiones de higiene. Así debería ser todo, pasar de un empaque al uso y del uso al desuso. Conocer-desconocer, coger-descoger (coger de nuevo pero diferente, con nostalgia de haber cogido ya), vivir-morir. Escucho mi nombre, lo ignoro. Me pregunto cosas, pero una voz sigue chingando en mi cabeza. Me quito el cubrebocas y levanto la cabeza

-¡¿Qué chingados quieren?!- lo grito en desahogo como si fuese el cierre del ritual “tirar mierda”.

Oigo unos “qué pedo”, estaban pasando lista y me estaban hablando. La chica que me cae mal me ve de reojo con desdén, ha de pensar que le estoy haciendo competencia de quien es el más “véanme a mí”. Si supiera que no tiene nada de que preocuparse.

Pienso en regresar la cabeza para seguir descansando pero la vergüenza me embarga y mejor tomo la jeringa, la dosis de penicilina y salgo del aula. Me toca esta y otras dos inyecciones más en las nalgas. De la nada, esta enfermedad se volvió interesante. Camino y me paseo, así como me paseo de un narrador en tercera persona a uno en primera. Me quito el cubreboca para poder escupir.


PD: Epstein Barr…

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¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

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