Me gustas porque eres tonto

Sucede que a veces no tomamos muy en serio un comentario hasta que varias personas empiezan a decir lo mismo. De momento, me pareció que la gente a mi alrededor se había sincronizado.

Me gustas porque estás así todo tonto.

Más o menos algo así me escribieron. No sabía cómo tomarlo. Lo que sí sabía era que la persona no lo había dicho con intenciones de hacerme sentir mal. Simplemente era un motivo por el que yo le gustaba. Lo dejé pasar.

Pronto, alguien más me lo dijo, luego otra y otra. Lo he escuchado en diferentes maneras también, hasta en comentarios como “por eso me gustas, porque estás todo pendejito”. Obvio me puse a pensar por qué me veían de ese modo. “Algo estoy haciendo para que estás personas me digan esto”, me dije.

Pensé en ello, lo reflexioné, lo medité y creo que he llegado a una conclusión.

No soy tonto, sólo me hago wey

Existe una alta probabilidad que con todo el gusto del mundo hubiera aceptado el termino de payaso/tonto mientras estaba en la prepa. Ahorita, y no es porque me considere el gran erudito del mundo, pero se que tonto no soy. Aunque acepto que hay muchas ocasiones en las que los círculos sociales me embriagan, dejó de filtrar y empiezo a formular comentarios estúpidos que contribuyen a la mera convivencia.

El conjunto de gente termina siendo un estimulante que me suele responder con risas y más comentarios, más risas y miradas de agrado a lo que suelo decir. Eso a veces me llena de una felicidad que tiende a desvanecerse una vez que me encuentro sólo en mi habitación. Pero esto no siempre fue así. No siempre he cargado con este rollo de estar “tonto”.

Soy tonto porque la tristeza y lo romántico resulta chocante

Cuando tenía como ocho años, recuerdo una ocasión en la que estaba sólo, tirado en el pasto de la escuela, cerca de los rociadores. De repente, estos se encendieron y empezaron a regar el pasto. Yo me emocioné mucho, no recuerdo si fue porque nunca había visto algo así, yo sólo empecé a correr alrededor del agua que salía disparada hacia el cielo. Saltaba y reía. Esa sensación no me duró mucho, un par de compañeros, una chica y un chico, pasaron a mi lado. Ella me dijo “Pareces niña y loco haciendo eso, Oscar”, ella y él sólo se rieron y siguieron caminando. No era lo que dijeron, yo no tenía problema con la locura y ser niña, eso no significaba nada para mí. Fue más que nada la manera en la que lo dijeron, en cómo me vieron. Me sentí mal conmigo, me sentí raro. Recuerdo haberme sentado, y que los rociadores se habían apagado. El pasto estaba húmedo, recién mojado. Me acosté y miré el cielo, pero seguía pensando en esas personas ¿acostarse sobre el pasto mojado también sería loco? Me paré y me fui a jugar con los demás niños, a pesar de que yo quería seguir saltando alrededor de aquellos rociadores, de que quería seguir estando sólo y que me sentía mal conmigo.

De alguna manera, a veces sigo hiendo con los demás niños a convivir, sigo haciendo lo que los demás esperan que haga. Pegué ese póster de ese artista que ni me gustaba, es más ninguno me gustaba lo suficiente como para pegar un póster, pero qué raro un cuarto sin pósters. Me gustaban los carritos a escala, pero no los jugaba, eran demasiado bonitos para ello. Hoy he adoptado tanto ese comportamiento de ser quien se debe ser que siento que hacerme el tonto es mi yo “normal”. Pero mi yo normal es ese espíritu libre que sólo se manifiesta cuando estoy sólo, cuando dialogo conmigo y no hay nadie que me diga que lo que hago está mal. Mi yo normal se detiene en la calle para disfrutar del aire que le pega en la cara, en donde nadie me cuestiona por qué me detuve.

Me di cuenta que el estar siempre ocupado, lleno de cosas por hacer, hacía que no me escuchara. Ahorita que estoy de vacaciones, con más tiempo para mí, me doy cuenta que tiendo a ser alguien melancólico. Me gustan los detalles, lo bonito y lo sensible. Tal vez por eso disfruto de las canciones tristes a pesar de que yo no lo esté, de la literatura del romanticismo, de la simetría y de las manifestaciones de amor que veo alrededor mientras manejo mi bici.

Pero ni la tristeza, ni el romanticismo son permitidos. Ambas asustan a las personas, las incomoda. No existe un derecho a la tristeza, a la soledad. Por eso elijo ser tonto, así me evito preguntas como “¿Estás bien?” “¿Estás enojado?”.

Soy tonto porque soy idealista

Probablemente no pueda dejar de ser tonto por el hecho de que soy idealista. Deshacerme de la idea de un romance duradero, es irme a jugar con los demás, porque me dijeron que el amor no dura. Inhibir mi cariño por miedo a que sea muy pronto es porque me han dicho que eso está mal y que no debes entregarte así sin más a nadie. Pero soy dos, a veces logro ir en contra de eso y sigo danzando alrededor de los rociadores. Otras veces sólo estoy en donde “tengo que estar”, haciéndome wey, como si realmente quisiera estar ahí.

Una amiga me dijo que tal vez sea la edad el motivo por el que me siento así, pero que existe la posibilidad de que sea mi natura. Yo le dije que a pesar de que odie mi sensibilidad, mi idealismo, mi romanticismo, mi yo… al final del día me gusta ser así.

Si alguien elige complicarse la cosas a voluntad, es muy probable que sea un tonto.

mi post data
El tonto


PD: Te quiero mucho.

Instagram: Soy Oscar Cartero
Twitter: Oscar sin acento

¡MUCHAS GRACIAS POR LEER!

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Foto: Oliur Rahman

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

5 comentarios sobre “Me gustas porque eres tonto

  1. Elimina el anterior porque se me fue por error el enter.* Whoa. Qué bonito. Inmediatamente que entré a tu blog me dispuse a leer las cartas, realmente son enternecedoras. Quiero confesarte que yo también suelo escribir, alguna vez escribí tantas para alguien, jamás fueron entregadas. Llegaron al corazón de otras personas pero nunca de su destinatario. Tal vez alguna vez te enseñe una. Saludos, me encanta el blog.

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