Historia de un traje que huele a guardado

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Hace unas semanas. En el trabajo

—[…] y pues todo bien bañaditos y trajeaditos.

Algo parecido era lo que mi amiga había dicho al recordarnos de nuevo acerca de su fiesta de graduación. Ese día había compartido mi inquietud con otra amiga que también estaba invitada; le mencioné que yo no tenía traje y que lo más probable era rentar o pedir prestado uno. Rentar uno era una opción que no quería tener como primera opción porque me saldría más o menos caro; considerando que sólo lo usaría una noche.


Hace unas semanas (pero menos tiempo que lo anterior). En casa

—Pues me gustaría un bocina ¡No, no es cierto! ¿Sabe qué me hace falta?— dije entusiasmado.

—¿Qué?— mi madre parecía interesarle mi emoción repentina.

—Un traje…—

—¡Ah! Ay sí, mijo, ya se ¿Y cómo en cuánto sale uno?— era algo que ya había comentado anteriormente con ella, tal vez por eso interrumpió.

—No se, pero no se preocupe. Sólo digo que sería una buena opción de regalo— no puedo evitar sonreír mientras le hablo (mi cumpleaños es el siguiente mes)— pero no me urge. Le digo porque una amiga se va a graduar y pues estaría bien tener un traje para cuando surjan eventos así.

En ese momento me dije que tal vez era mejor no haber mencionado nada.


Hace una semana. Puebla

—¿Ya fuiste a ver en cuánto salen?

—No, ma.

—¿Por qué?

—Porque no tengo dinero. Además, no me urge o si se trata de ver qué talla soy; eso lo podría hacer de regreso.

—Pero en Puebla han de salir más baratos.

—No creo, es la misma.

—Pero ve a ver…

—Bueno pues, luego voy.

No fui.


Hace poquito menos de la semana. Ciudad de México

—Me dijo tú mamá que querías ver algunos trajes— no sabía en qué momento le mencionó el asunto a mi tío.

—Ay mi ma. Sí, tío pero no se preocupe. Lo que pasa es que una amiga se va a graduar y como no tengo trajes le mencioné que podría regalarme o ayudarme a pagar uno en mi cumpleaños.

—Ah…

Su “ah”, fue un “ah” de “OK, entiendo”. Él sale de la sala y luego de un rato regresa cargando con una bolsa de plástico llena de ropa; alguna vez hubo una cobija nueva adentro de esa bolsa. La dejó caer al suelo.

—Esto es para tu mami. Me dijo que se lo mandara y que ella los vendería allá. Son unos trajes y ropa.

—Ah— mi “ah”, era de “tal vez exceda el peso permitido en el avión si me lo llevo”.

Al ver a través de la bolsa me preguntaba si alguno de los trajes que iban ahí podría quedarme.

—Verás saca los trajes, creo que te podrían quedar— mi tío me leyó la mente.

Todos me quedaron. Parecían hechos a mi medida.

—Ahora nos recuerdas más a papá— dijo una prima con un tono burlesco y cálido. Yo sólo sonreía, ya me han dicho que tengo un parecido con mi tío.

—Ya nomas con un descosedor le quitas la “M” del metro— dijo mi tía, ella estaba muy atenta ante cada traje que me medía. La letra a la que se refería era un “M” bordada en el pecho que tenían algunos de los trajes.

Eran varios y recuerdo haber dicho algo al respecto. Mi tío no quería que la situación se sintiera como si fuera la gran cosa. Pero para mí, sí lo era, sí era la gran cosa. Ya tenía un traje para la graduación.

—En el trabajo me regalan tres trajes al año— parecía serio, contenido. Lo entendía, yo también contenía algunas emociones. Estaba muy feliz, me regalarían trajes.

—Sólo que huelen a humedad porque llevan tiempo guardados…

En mi cabeza se oía mi voz diciendo “No importa”.

Empaqué dos trajes de tres piezas, un chaleco y un saco. Todo logró acomodarse bien en la maleta.


Hace menos de una semana. De regreso a casa

—¿Y en cuanto sale por las tres piezas?… OK… muy bien, ajá ¡Muchas gracias!— bueno al menos saldría menos que rentar un traje.

Llevaría los trajes a la tintorería. El aroma a húmedo era notable; nada que una tintorería no arregle.


Ayer

—Aquí tiene, joven— era la primera vez que mandaba a un Uber a recoger algo así. Fue a la tintorería por mis trajes y me los trajo a casa.

—Sólo que me dijeron que el que el de la etiqueta amarilla tiene unas manchas que no se le pudieron quitar.

—Ah, está bien. Gracias.

El hombre se retiró.

En unas horas empezaría el evento de graduación de mi amiga.

Planché los pantalones.

Limpié los zapatos. Me puse uno de los trajes. Luego de unos minutos me doy cuenta que tal vez la tintorería no era suficiente para quitar el aroma a guardado. Pero no importaba, ya iba tarde. En ese momento me llega un mensaje, a penas van en camino. Al parecer no voy tan tarde.

Me siento y la idea de escribir cruzó por mi mente “¿qué puedo escribir?” Mientras pienso en qué escribir, me llega el aroma a guardado del traje; ya se…


Al día siguiente de la graduación

La noche anterior había interrumpido la escritura de esta entrada (me llegó un mensaje que ya podía llegar al evento) y lo bueno, porque era probable que terminara llorando si seguía escribiendo. Me había dado cuenta que la insistencia de mi madre, la calidez de los comentarios de mis primas, las recomendaciones de mi tía y la contención de mi tío, eran manifestaciones del cariño y el amor que me tienen.

Durante el evento me puse a pensar si las demás personas podían olfatear el aroma a guardado o notar que el traje me quedaba ligeramente grande. No lo se, luego de unos minutos de estar adentro, ni siquiera me importó. Me di cuenta de que mi familia me quiere, que mis amigos me hubieran querido con o sin traje, que no era lo que vestía sino con quién estaba y las personas que tengo conmigo.


La “M” del metro

Mantendré la “M” en uno de los tres trajes. Ya si algún curioso quiere saber de qué es la letra, pues tal vez tengan una versión sintética de la historia o tal vez un desglose más detallada de lo agradecido y afortunado que soy por tener la familia que tengo. La “M” es la “M” del metro, pero igual podría ser la “M” de Mares, de Oscar Mares.

PD: No imaginé que esta entrada terminara siendo algo así, pero ojalá puedan tomarse unos minutos para reflexionar sobre algo de lo que estén agradecidos ¡Muchas gracias por leer! 

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

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