El calor de tu amor quema, tu fría indiferencia también

La recámara estaba fría o cálida, no lo recuerdo. Sólo recuerdo tus piernas envueltas a mi cuerpo y mis brazos envueltos al tuyo. El silencio, no; no era el silencio, era tu respiración a suspiros. Ese sonido de una flama inocente. Yo veía tu cuerpo y sentía tu mirada sobre mí. No me interesaba saber quién era la presa.
Nuestras miradas se cruzan y no puedo evitar sonreír, tú tampoco. Sonríes, es una sonrisa genuina y me preguntas “¿Qué…?”, un “qué” tibio. Un “qué” que buscaba descubrir lo que yo estaba pensando, un “qué” que no era una pregunta, sino una urgencia. Te quemas, pero tu cuerpo es indiferente; ardes, pero tus ojos maldicen; tu fuego me empieza a consumir. Quemamos el deseo y la noche cayó sobre nosotros, tan silenciosa como delicados copos de nieve.
Me abrazas… Nuestros cuerpos envueltos ceden a la comodidad, te apartas. Sobre estas cenizas se posan las dudas copo a copo. Tengo frío, te alejas. Los restos del fuego quedan bajo la nieve, diez, once, doce blancas. Todo es blanco pero nada es claro. La certeza de que en unas horas te vas y que estaré en espera de tu incendio, esa certeza, esa frialdad esa indiferencia, también quema(s da si me quemo, esta nieve se convertirá en agua que brota de mis ojos e hidrata las esperanzas de tenerte en esta habitación que a veces es fría y a veces cálida).

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

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