[Cartas a Diana] Carta III

Seis de marzo del 2017

Querida Diana,

No la entiendo. No entiendo nada. Hoy me llevó al techo de mi escuela, nunca había subido y esas cosas hacen que recuerdes a una persona por mucho tiempo. El hacer algo nuevo con alguien te remitirá a esa persona muchas veces en el futuro (tal como te recuerdo a ti cada vez que voy a ese lugar de bakes y ensaladas). En fin, creo que fui muy tonto porque siento que me aproveché de la situación. Confundí las cosas. Le dije que probablemente era mejor no intentar nada porque temía no cumplir las expectativas que ella tenía. Yo no puedo ser otro Ramón, yo no puedo seguirla a todos lados; tengo otras responsabilidades. Odio por un momento mi trabajo y las clases de teatro, me odio a mí mismo por no saber si se trata de orgullo o miedo, o los dos. Me dijo que lo extrañaba, me di cuenta que todos tenemos a alguien a quien extrañar.

Me contó cómo él siempre la llevaba a todas partes y siempre la acompañaba al cine. Ella no había ido al cine desde hace mucho tiempo hasta hace poco que fui con ella, cuando bese su mano y la enlace con la mía ¡No entiendo su enojo! ¿Se habrá enojado por qué yo, a diferencia de su novio anterior, no me quedé a su lado hasta los créditos? ¿por qué íbamos con más gente? ¡por eso quería salir con ella a solas! Me sentí mal por ella al ver como las lágrimas caían por su rostro, como si le doliera abrirse y dejar al descubierto sus sentimientos. Me pidió perdón, después se inclinó hacia mí buscando un abrazo; la abracé. Ella me dijo que no quería que dejara de ser su amigo, yo le dije que no se preocupara que desafortunadamente (o afortunadamente, no lo sé) soy un mejor amigo que acompañante. Le mencioné que yo estaría ahí cuando necesitara un abrazo que sólo tenía que pedirmelo, tal como yo se lo pedí aquella noche. Esa noche en la que acudí a ella y lloré mientras la abrazaba fuerte, diciéndole que por favor no hablara y que sólo respondiera a mi abrazo. “No suelo decir pedir abrazos”, me dijo y me sentí el peor de los amigos. Como amigo tal vez es mi responsabilidad tener esa pequeña intuición de cuándo un amigo me necesita.

Ella me quiere y la quiero, pero no sabemos de qué forma. En un punto la volví a abrazar por largo rato, hasta que nos levantamos porque el sol nos quemaba. Buscamos la manera de llegar a la sombra de un árbol ahí mismo en el techo y nos sentamos lado a lado en silencio. Así estuvimos por un rato, tal vez reflexionando si el no haber entrado a la clase haya sido la mejor opción. Recostó su cabeza sobre mis piernas. Comencé a explorar su rostro: un par de lunares en el cuello, un granito que tenía sobre su nariz y un lunar pequeño justo arribita de su labio superior; observé su blancura y lo pequeña que es. Moví los mechones de cabello que tenía sobre su rostro y los hice a un lado, nunca sabré qué pensaba ella en ese momento. Empecé a recorrer su oreja y su cabello ondulado con mis dedos. De repente me tomó la mano y la guió detrás de su oreja, tiene un articulación (o hueso, tal vez) que se mueve, sonreímos un rato ante la peculiaridad de su fisionomía. Luego se reincorporó y me acerqué a ella, la abracé. Sigue un acto estúpido de mi parte. Me acerqué a su cuello, podría decirse que intentaba ubicar ese par de lunares, pero no; en ese momento deseaba besarla. Presioné mis labios ligeramente sobre la piel de su cuello, en un largo intervalo, repetí el gesto. Lo hice lento, tímido y con miedo, el intervalo se hizo más breve hasta que eventualmente se movió bruscamente. Seguíamos abrazados. Ahí mismo, con ella entre mis brazos le pedí disculpas. En cuestión de segundos me quitó los brazos de encima y se dirigió corriendo hacia las escaleras para bajar del techo. Corrí y la alcance, le pregunté si se encontraba bien. Y es que los hombres somos unos idiotas, sentí que me había aprovechado del momento ¡y por qué hacerlo si le acababa de decir que entre nosotros no podía haber nada! La comprendí perfectamente. Sólo la vi alejarse y yo me quedé en el techo, dudoso en bajar. Me di unos golpes en la cabeza como si así pudiera remediar el posible error que había cometido. Habíamos estado peleados y el haber subido a un lugar donde no seríamos interrumpidos por nadie, era para remediar las cosas. Logré que ese intento resultara vano, no nos hablamos después. Yo no podía ni verla de la vergüenza. Se que eventualmente volveremos a hablar al respecto. La tenía catalogada como infantil, pero el que haya tenido la iniciativa de arreglar las cosas, dice mucho de ella. En cambio yo iba seguir aferrado a mi orgullo, me pregunto ¿quién es el infantil?

 

Recuerdo haberle dicho que disfrutaba del sentimiento de querer y ser querido, que nunca me cansaría de experimentarlo y que atesoro las historias por más fugaz que estas sean. A veces me cuestiono acerca de la pureza de mis sentimientos ¿qué proporción es amor verdadero? ¿qué otra es pasión y deseo? Deseaba besarla, la quiero más no la amo. Para ser sinceros, debo admitir que lo que me dijo mi amiga Elvis, es cierto: “Sólo hay deseo y atracción, nada más”.

 

Tenía planeado hablarte del valor que ha obtenido el nombre de Diana para mí, pero esto pasó hoy y quería contártelo. Agradezco tu tiempo.

 

Te quiere siempre,

firmaCAD

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

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