El lonche y la exploración de domingo

Creo que habría que abrir una categoría o sección que se llame: Lo que a nadie le importa. Dicho esto, se darán una idea de lo que leerán en esta entrada 🙂

Era domingo, un domingo de horario completo: ocho horas de trabajo y una hora de “lunch”. Cuando el reloj dio las cinco, mi alma ya le aventajaba por mucho a mi cuerpo; sólo quería salir de ahí y comer. Entro al comedor del trabajo y era de esperarse, de hecho yo ya lo sabía: el comedor no lo abren los domingos. Tal vez quería sentir esa satisfacción de haberlo predicho o tal vez sólo quería decepcionarme. Entonces fui al OXXO que está cruzando la calle; me compré un litro de leche, dos negritos y una de esas pizzas de goma FUD. Ni modos nutrióloga.

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Sólo resonaba en mi cabeza la voz de la nutrióloga que había visitado hace tres días.

Cuando regresé al edificio del trabajo, subí al segundo piso para comer solito, con musiquita relax, comida y un libro; que por cierto este último estuvo demás porque no lo leí, sólo lo paseé. Cuando terminé de comer quedé empachado, pensando que el queso goma que había comido se pegaría a mis intestinos; la leche no me la pude acabar y tuve que dejarlo en el refri del trabajo, que por cierto terminé olvidando al final del día, ya que cuando sales de trabajar, lo único que quieres es estar en casa.

Cuando terminé de comer, me quedé quieto. Volteo a mi derecha y veo que las escaleras continúan hacia arriba y aun me quedaban como veinte minutos disponibles, así que decidí a ver qué onda; nunca había ido más arriba que el segundo piso. Subí y me encontré con el estacionamiento, había otras escaleras para un piso más hacia arriba; lo subí también. Me encontré con una puerta que pensé no se iba abrir, cuando se abrió sólo verifique que no fuera de esas puertas que se abren de un lado; no lo era. Me la pasé muy bien arriba de ese techo, el único inconveniente que sigo resintiendo mientras escribo, es el maldito sol que me estaba cegando, aunque no lo suficiente para ir por mis lentes de sol que tenía en la mochila; así que en realidad, no debería quejarme.

Fue en ese techo en donde canté, di vueltas y vueltas (lo suficiente como para no vomitar la pizza y los negritos), contemplé la vista panorámica, agendé futuras visitas, tomé fotos y reflexioné acerca de lo agobiante que era tener que regresar al teléfono.

 

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Ventanas. Esta es mi vista inmediata de cuando como en el segundo piso.
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Techo/Sol
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Pandorámica

Creo que estos pequeños escapes dentro de nuestra vida cotidiana son extremadamente necesarios para evitar arrancarnos los cabellos cuando la vida tan apresurada del mundo actual nos exige regular nuestro tiempo.
¿Cuál sería tu plan de escape?

Escrito por

Estudiante de literaturas hispánicas en la Universidad de Sonora. A ratos es maestro de inglés. Fan de Instagram y a la búsqueda constante de su verdadero yo.

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